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Merz no debe convertir su crisis de popularidad en una amenaza para la paz mundial

La oportunidad perdida de cooperación con Rusia

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Merz no debe convertir su crisis de popularidad en una amenaza para la paz mundial
La caída de Merz y la presión interna. (EFE/EPA/CLEMENS BILAN)

Lo que está ocurriendo en Alemania merece una reflexión mucho más seria de la que permiten las consignas de una nueva confrontación con Rusia. El canciller Friedrich Merz atraviesa uno de los momentos políticos más difíciles desde su llegada al poder. Su nivel de aprobación ha caído considerablemente, con una popularidad personal reducida a apenas un 13 %, mientras el crecimiento electoral de la extrema derecha ha profundizado la presión sobre su gobierno.   

Ante semejante escenario, resulta legítimo preguntarse si la política exterior está siendo utilizada para recuperar liderazgo interno o si Alemania está actuando con la responsabilidad que corresponde a una de las principales potencias de Europa. Conviene recordar que, a comienzos del siglo XXI, cuando las diferencias ideológicas entre Rusia y Occidente parecían haber quedado atrás, Vladimir Putin llegó a plantear la posibilidad de que Rusia ingresara en la OTAN. El razonamiento era sencillo: si ya no existía la confrontación ideológica que había dividido al mundo durante la Guerra Fría, si el Pacto de Varsovia había desaparecido y Occidente mantenía la OTAN, ¿por qué no incorporar a Rusia como miembro y convertir aquella antigua rivalidad en un espacio de cooperación? 

Según ha relatado posteriormente Putin, encontró resistencias dentro de la estructura política occidental que hicieron inviable esa posibilidad. Más de dos décadas después, aquella oportunidad histórica debería invitarnos a reflexionar sobre el camino que tomó Europa. La seguridad de unos no puede construirse permanentemente sobre la inseguridad de otros. 

Europa necesita dirigentes capaces de mirar más allá de las coyunturas electorales y comprender que una escalada entre potencias nucleares no es un instrumento de política interna, sino un riesgo para toda la humanidad. La historia europea debería enseñar que cuando un gobierno comienza a presentar la confrontación militar como respuesta a sus dificultades políticas, el peligro deja de ser exclusivamente nacional. Alemania conoce, quizá mejor que ninguna otra nación europea, el precio humano y material de la guerra. Dos guerras mundiales nacieron en Europa y dejaron millones de muertos, ciudades destruidas y sociedades enteras traumatizadas. Por eso resulta preocupante escuchar discursos que, en lugar de colocar la diplomacia y la negociación en el centro de la política internacional, parecen preparar psicológicamente a la población para una confrontación directa con Rusia. Nadie puede desconocer la gravedad de la guerra de Ucrania ni el derecho de los Estados europeos a proteger su seguridad. Pero defender la seguridad europea no significa necesariamente conducir a Europa hacia una guerra directa con una potencia nuclear. El propio Merz ha hablado de la necesidad de que Rusia regrese a la mesa de negociación y de poner fin al derramamiento de sangre. Entonces cabe preguntarse: ¿por qué no convertir esa posición en una política de Estado europea? La seguridad de Alemania no puede construirse permanentemente sobre la inseguridad de Rusia, del mismo modo que la seguridad de Rusia tampoco puede construirse sobre la inseguridad de Alemania. La paz duradera exige una arquitectura de seguridad que contemple los intereses legítimos de todos los actores y que mantenga abiertos los canales de diálogo incluso en los momentos de mayor tensión. Más preocupante sería permitir que la política europea terminara subordinada a sectores que conciben el mundo desde la lógica de la derrota total del adversario. Rusia posee enormes extensiones territoriales, recursos energéticos, minerales estratégicos y una profundidad geopolítica extraordinaria. Por eso, cualquier proyecto que pretendiera fragmentarla para controlar sus recursos constituiría una amenaza de dimensiones históricas. No afirmo que exista hoy un plan formal y probado para dividir Rusia en varios Estados; una afirmación semejante exigiría evidencias concretas. Pero sí considero legítimo advertir sobre el peligro de que intereses geopolíticos, geoeconómicos o sectores ultranacionalistas terminen convirtiendo la derrota de Rusia en un objetivo estratégico absoluto. La respuesta a las dificultades económicas, al deterioro de la confianza ciudadana y a la polarización política no puede ser preparar a la sociedad para la guerra. Europa necesita liderazgo político, no dirigentes atrapados en una carrera de demostraciones militares. Alemania tiene, además, una responsabilidad histórica particular dentro de Europa. Su poder económico, industrial y político le permite desempeñar un papel fundamental en la construcción de una arquitectura continental de seguridad que combine firmeza defensiva con canales permanentes de negociación

Si Berlín abandona esa responsabilidad y contribuye a transformar el conflicto de Ucrania en una confrontación directa entre Europa y Rusia, las consecuencias podrían superar con creces cualquier cálculo político de corto plazo. Una guerra entre potencias europeas y Rusia no sería una aventura militar convencional: en un escenario nuclear, el margen para el error sería prácticamente inexistente. 

El pueblo alemán ya conoció hasta dónde pueden conducir el fanatismo nacionalista, la exaltación de la guerra y la deshumanización del adversario. Hitler condujo a Alemania a una de las mayores tragedias de la historia y terminó dejando al país devastado. Por eso resulta profundamente simbólico que la memoria histórica alemana haya preferido advertir sobre los horrores del nazismo antes que glorificarlos. 

El lugar donde estuvo el búnker de Hitler, por ejemplo, no fue convertido en un monumento de exaltación, sino que quedó integrado en el paisaje urbano de Berlín. Por eso, el pueblo alemán, con la fuerza de su memoria histórica y por encima de cualquier gobierno de turno, tiene una responsabilidad frente al futuro: no permitir que la retórica belicista vuelva a arrastrar a Alemania hacia una confrontación que pueda terminar en una tragedia europea y mundial. 

No se trata de desconocer las amenazas de seguridad ni de defender las acciones de ningún gobierno; se trata de recordar que ninguna ambición geopolítica vale la vida de millones de seres humanos. Alemania ya demostró que puede levantarse de las cenizas de la guerra. Ahora tiene la oportunidad de demostrar algo todavía más grande: que un pueblo que conoció la barbarie puede convertirse en una de las voces más firmes de la paz. El pueblo alemán debe levantarse, con la fuerza de su memoria histórica, para decir no a cualquier provocación belicista. Que Alemania recuerde a Hitler no para repetirlo, sino para impedir que la historia vuelva a abrir ese camino. Europa necesita paz, Rusia necesita seguridad, Ucrania necesita reconstruirse y el mundo necesita evitar una nueva guerra. La grandeza de Alemania no estará en conducir a Europa hacia otra confrontación, sino en tener el coraje de detenerla. Y precisamente por eso corresponde hacer también un llamado al presidente estadounidense Donald Trump, desde el compromiso que él mismo ha proclamado de trabajar por un mundo sin guerras. 

Trump tiene la influencia necesaria para pedir moderación a sus aliados europeos y, particularmente, para frenar cualquier arrebato belicista que pueda conducir a Alemania y a Europa hacia una confrontación directa con Rusia. El verdadero liderazgo no consiste en ganar una guerra, sino en tener la capacidad política para evitarla. Si Trump quiere dejar como legado un mundo con menos guerras, debería utilizar toda su influencia para devolver a Europa al camino de la diplomacia, la negociación y la paz.

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