William C. Headrick: la grandeza discreta
La titánica labor de ordenar la jurisprudencia sin herramientas digitales

Al conocer el fallecimiento de William Cecil Headrick, ocurrido en Estados Unidos el pasado 10 de septiembre, mi memoria regresó a una imagen sencilla: William en su bicicleta, camino de la oficina. Así lo recuerdo, desplazándose también hacia las distintas actividades de su jornada, con la naturalidad de quien no necesitaba rodearse de signos exteriores de importancia. Aquella bicicleta formaba parte de su manera de vivir: austera, independiente, ajena a la ostentación. Era también una expresión de la coherencia que distinguió su conducta.
Nos incorporamos por la misma época a la entonces firma Kirkwood, Kaplan, Russin & Vecchi. En mi caso, ingresé por una oferta de trabajo del recordado doctor Luis Heredia Bonetti. Compartir aquel espacio profesional me permitió conocer a William más allá de sus credenciales académicas y de su capacidad como abogado. Conocí al hombre callado, laborioso, de pensamiento profundo y trato humilde. Sobre todas esas cualidades sobresalía una que considero indispensable destacar: su extraordinaria honestidad.
En una profesión donde la palabra compromete y la confianza constituye un patrimonio esencial, esa virtud adquiere un significado particular. La honestidad de William se manifestaba en su forma de trabajar, en la seriedad con que abordaba cada asunto y en el respeto que inspiraba entre quienes lo tratábamos. Su formación y su inteligencia encontraban en esa integridad un fundamento firme. Era posible reconocer en él una correspondencia entre lo que sabía, lo que decía y la manera en que se conducía.
Poseía una sólida formación en derecho francés y norteamericano, combinación especialmente valiosa para comprender nuestro ordenamiento y sus relaciones con otras tradiciones jurídicas. Esa amplitud de conocimientos le permitía examinar los problemas desde perspectivas diversas. Pero nunca recuerdo su erudición como una forma de distancia frente a los demás. Su humildad hacía accesible al hombre de estudio; su carácter reservado daba espacio a la reflexión. Había en él una profundidad tranquila, sostenida por el trabajo.
A finales de 1976 dejé la firma para establecerme por cuenta propia. William permaneció varios años más y, posteriormente, se separó junto con un grupo de abogados jóvenes que también trabajaban allí, fundando Headrick, Rizik, Álvarez & Fernández. Con el tiempo, su apellido se convirtió en la identificación habitual del bufete, hoy conocido como Headrick. Ese nombre conserva la memoria de su fundador y recuerda la responsabilidad que supone continuar una obra profesional vinculada a una reputación tan respetable.
Su contribución al derecho dominicano, sin embargo, excedió ampliamente los asuntos confiados a su ejercicio profesional. William emprendió una labor de recopilación y clasificación de jurisprudencia cuya magnitud se aprecia mejor cuando recordamos cómo se investigaba entonces. Antes de las búsquedas digitales y de las bases de datos, encontrar una decisión pertinente exigía recorrer boletines, revisar índices, conservar referencias y dedicar largas horas a la lectura. El conocimiento acumulado por nuestros tribunales necesitaba orden para hacerse verdaderamente aprovechable.
William asumió esa tarea con paciencia de artesano. Fue creando miles de fichas, organizándolas por materias y construyendo, pieza por pieza, una herramienta de consulta. Cada ficha suponía lectura, selección y criterio: reconocer la cuestión jurídica, identificar la respuesta del tribunal y ubicarla donde otro investigador pudiera encontrarla. Quienes hemos buscado durante horas una sentencia sabemos cuánto trabajo ajeno puede ahorrarnos una referencia bien hecha. También sabemos cuánta responsabilidad encierra resumir fielmente el pensamiento de un tribunal.
De ese esfuerzo surgió una obra bibliográfica que pasó a formar parte de los instrumentos de trabajo de la comunidad jurídica dominicana. Sus compendios facilitaron el acceso a la jurisprudencia y ayudaron a poner en relación decisiones que, dispersas, resultaban difíciles de estudiar. La Escuela Nacional de la Judicatura ha contribuido a preservar y difundir ese legado mediante publicaciones como El Headrick de la ENJ. Su apellido quedó así asociado a una práctica cotidiana del jurista: consultar, verificar, comprender..
Hay una generosidad profunda en dedicar tantos años a ordenar conocimientos que servirán a personas desconocidas. Un abogado prepara una defensa; un juez busca un precedente; un estudiante intenta comprender una institución. En cada uno de esos actos puede prolongarse el trabajo de quien leyó primero, clasificó con cuidado y dejó una referencia útil. William hizo posible esa colaboración silenciosa entre generaciones. Su obra continúa prestando servicio aun cuando muchos de sus usuarios no hayan tenido la oportunidad de conocerlo personalmente.
Al evocarlo, recuerdo también a Inga, su esposa finlandesa, quien lo acompañó fielmente durante su vida en la República Dominicana y después, cuando, tras retirarse como socio activo en 2002, regresaron a Estados Unidos. Su presencia pertenece a esta memoria de William. La vida profesional, por absorbente que sea, transcurre junto a una vida compartida, hecha de compañía y decisiones comunes. Inga formó parte de ese recorrido que lo vinculó durante tantos años con nuestro país.
Por todo ello, me permito proponer que la República Dominicana procure conceder a William C. Headrick, póstumamente y mediante la vía jurídica que corresponda, la nacionalidad dominicana a título privilegiado. Formulo esta propuesta como una expresión de gratitud nacional por sus servicios a nuestra cultura jurídica. Un hombre que dedicó tanto empeño a estudiar, ordenar y hacer comprensible nuestro derecho merece que el país reconozca solemnemente la profundidad de ese vínculo.
La muerte de William nos deja su obra y el recuerdo de una conducta. Para mí permanece aquel compañero humilde, austero y extraordinariamente honesto, que llegaba en bicicleta y trabajaba con una dedicación sin alardes. Sus libros seguirán abiertos en escritorios dominicanos; sus referencias continuarán orientando búsquedas y argumentos. Al despedirlo, quisiera que recordáramos también al hombre que hizo posible esas páginas. Honrar su memoria supone apreciar el estudio paciente, la utilidad del conocimiento compartido y la integridad con que ejerció nuestra profesión.

Ángel Delgado Malagón
Ángel Delgado Malagón