El Sexto Festival del Sombrero y la Maraca Ocoeña
Ingenio campesino que resuena como símbolo de identidad nacional
En su sexta edición, el Festival del Sombrero y la Maraca Ocoeña demostró que es posible crecer año tras año, incorporando nuevas expresiones a una celebración que rescata tradiciones, despierta sentimientos y fortalece ese vínculo entrañable que llamamos ocoeñismo.
La convocatoria reunió a miles de personas en torno a una animada programación musical, desfiles de damas con vestimentas de antaño, jóvenes que representaban la modernidad, estatuas humanas y una variada oferta gastronómica, presentada con esmero y buen gusto.
Numerosas damas lucieron vistosos vestidos de cretona, confeccionados con telas multicolores y acompañados de elegantes sombreros que evocaban las primeras décadas del siglo pasado. Era como contemplar una página de nuestra historia convertida en espectáculo.
Todo transcurrió en un escenario privilegiado: los pinares de COROAR Villas, en Tatón, a unos 2,800 pies de altura, donde la neblina, la llovizna y, finalmente, la lluvia añadieron un encanto especial a aquella fiesta de historia, música, elegancia y tradición.
Hasta aquí, pudiera parecer la crónica de una actividad social. Pero el festival encierra un significado mucho más profundo.
Sus expresiones artísticas y populares transmiten un mensaje que trasciende las fronteras de San José de Ocoa: la necesidad de preservar nuestra identidad cultural frente a las influencias que, en un mundo globalizado, amenazan con diluir las tradiciones que nos distinguen.
Somos herederos de una extraordinaria mezcla de raíces taínas, españolas y africanas que, con el transcurrir de los siglos, conformaron nuestra manera particular de hablar, cantar, bailar, celebrar y entender la vida.
La cultura dominicana no nació ayer. Es el resultado de generaciones que fueron construyendo, muchas veces sin proponérselo, una identidad colectiva que tenemos el deber de conservar y transmitir.
La maraca ocoeña constituye un ejemplo admirable de esa creatividad popular.
A diferencia de la tradicional maraca de higüero, este instrumento nació del ingenio campesino de la comunidad de El Canal. Consiste en un cilindro de madera cerrado en ambos extremos, con pequeñas bolitas en su interior, clavos y un palito que atraviesa su estructura. Su sonido, combinado con el de la güira, produce una sonoridad singular.
Según recoge la profesora Fanny Santana en un trabajo publicado en 2022, se cree que este instrumento surgió vinculado al llamado baile del gabiao, cuando en comunidades como El Naranjal y El Canal se amenizaban las fiestas con guitarra, tres y güira.
Esa tradición, rescatada de la memoria campesina, encuentra hoy una nueva oportunidad para mantenerse viva.
Al festival acudieron ocoeños residentes en distintas provincias, visitantes de Azua, Barahona y Santo Domingo, así como compatriotas establecidos en Estados Unidos que regresan para reencontrarse con sus raíces.
Detrás de esta celebración está la perseverancia de una extraordinaria gestora cultural, Betty Pimentel, quien, rompiendo corozos y venciendo dificultades, ha logrado mantener y engrandecer esta iniciativa.
Lo ha conseguido sin el respaldo del Ministerio de Cultura, pero con la colaboración de empresarios gastronómicos locales, alcaldes y autoridades municipales que, aun con recursos limitados, realizan sus aportes.
Organizar semejante acontecimiento requiere meses de trabajo, sacrificios y preocupaciones. Sin embargo, tanto esfuerzo encuentra su recompensa cuando miles de personas disfrutan con orgullo de sus tradiciones.
El Festival del Sombrero y la Maraca Ocoeña merece reconocimiento y apoyo institucional. No es solamente una fiesta: es una escuela de identidad, una celebración de nuestras raíces y una demostración de que los pueblos también construyen su futuro conservando su memoria.
Un pueblo que olvida sus tradiciones termina perdiendo algo mucho más valioso que sus recuerdos: pierde una parte de su alma.

Luis González Fabra
Luis González Fabra