Basura y bancas
Entre la basura y las bancas hay otro relato del país que no sale en las guías
Cinco jóvenes (son más viajeros que turistas) llegan desde México para conocer en Semana Santa la República Dominicana. Les gusta Playa Rincón, Bayahíbe, Las Galeras, la música, la comida, la isla Saona y Cayo Levantado.
Les sorprende la Ciudad Colonial, el buen estado de las carreteras, el caótico tráfico, la simpatía de los que se cruzan. Se cuidan de caer en la trampa de algún vivo que quiere sacar ventaja de su despiste.
Pero se asombran sobre todo por la cantidad de basura que encuentran en todos los pueblos, carreteras, playas y ríos que han ido conociendo en su viaje. Se sorprenden de la normalidad con que el peatón esquiva en la ciudad los montones de basura desparramada por los perros, y los vasos y los envases de comida que vuelan desde las ventanillas de los carros en plena autopista. La suciedad vieja en las aceras.
Preguntan las razones. Difícil de explicar que cada nuevo alcalde llega al cargo con un contrato de basura propio debajo del brazo. De la limpieza escrupulosa del más humilde hogar dominicano que contrasta con el desprecio por la limpieza de puertas afuera. La imposibilidad de organizar la recogida selectiva de los desechos o de limitar el uso de plásticos y de foam, por costumbres ya muy arraigadas... Duele explicar la inutilidad de las jornadas de limpieza de playas que voluntariosos ciudadanos emprenden periódicamente.
Y más difícil todavía es explicar la proliferación de bancas cada quince metros en los pueblos más remotos. Si se añade el relato de los últimos meses, con legisladores extorsionados y un diputado en la mira, peajes para el ministerio de Hacienda, recolectores de dinero en fundas de basura... la historia parece todavía más surrealista.
(Entre la basura y las bancas hay otro relato del país que no sale en las guías.)

Inés Aizpún