El Pabellón Oncopediátrico
Cualquier inauguración de tramo de acera ha hecho más ruido
El ruido del caso Senasa (demoledor) prejuicia a la hora de valorar otros temas relacionados con la salud. Si por desgracia ha tenido que frecuentar en los últimos meses centros médicos -públicos o privados- habrá podido apreciar que el sistema, a pesar de sus fallos, funciona.
Habrá entendido que con el Senasa subsidiado se accede a estudios que antes solo brindaba el seguro privado más caro. Que los laboratorios se han multiplicado porque ya nadie se queda sin sus pruebas. (Y que hay médicos maravillosos y médicos impresentables, así pague usted por transferencia o el Estado se haga cargo de su carnet.)
Los que solo cuentan el éxito en obras, deben mirar hacia el Pabellón Oncopediátrico Uniendo Voluntades, en el Instituto Nacional del Cáncer Rosa Emilia Sánchez Pérez de Tavares (INCART). Si el cáncer es una enfermedad familiar, el cáncer pediátrico es un destructor del espíritu. Ahí el sistema también garantiza que con un seguro subsidiado usted logre servicios oncológicos de primer nivel. Si lo piensan despacio es la democratización del acceso a la salud... con estándares y la última tecnología.
El Oncopediátrico se pensó con unas instalaciones que cualquier hospital "de fuera" envidiaría y la calidez de sus profesionales no se encuentra en cualquier país. No es solo la tecnología. Hay un cuidado que en otros centros públicos se obvia: la privacidad que pueden encontrar los pequeños pacientes y sus acompañantes en las largas horas de hospital.
Tardó, es verdad. El empeño de la Primera Dama, doña Raquel Arbaje, en levantarlo enfrentó desidia de funcionarios, las dificultades habituales para lograr los fondos y un carga extra de empeño, porque ya no existe el Despacho de la Primera Dama. Pero se logró.
El Pabellón Oncopediátrico es un logro extraordinario del que se ha presumido poco. Cualquier inauguración de tramo de acera ha hecho más ruido.

Inés Aizpún