¿Arde París?
El elefante en la habitación: la insostenible matemática del gasto público francés
La novela de D. Lapierre y L. Collins, convertida después en película, narra el episodio de la ocupación de París por los nazis. Hitler da la orden de destruir la ciudad antes que permitir que sea recuperada por los aliados. ¿Arde París?, pregunta para confirmar si se han cumplido sus órdenes.
La violencia vivida en Francia no nace de la resistencia a ejércitos extranjeros. Eso tendría mucho de heroico. La violencia ha nacido dentro y eso es un problema bastante mayor. Macron acusa a la ultraizquierda organizada y a delincuentes. El periódico Libération asegura que se detectaron grupos ultraderechistas. Zemmour señala a grupos de magrebís y africanos. Le Pen plantea, si llega a la presidencia, un referéndum para prohibir ideologías islamistas. Los estudiantes dicen que protestan para pedir más medios pero destruyen sus institutos. Les casseurs (literalmente, los rompedores) organizados o espontáneos han puesto en jaque a la República.
Las imágenes más desoladoras no son las de los carros y mobiliario urbano incendiados. Son las de las víctimas: cientos, miles de pequeños empresarios y trabajadores a las puertas de sus comercios arrasados. El esfuerzo de años destrozado por bárbaros. Es la juventud sin futuro, hay que escucharle, romantiza Villepin.
Emmanuel Macron se pregunta ¿cómo puede ser que haya franceses que hagan esto a la France? Es una pregunta resultona para un discurso, pero no tan retórica.
Hay un elefante en la habitación: la deuda imposible de embridar. Y que Francia tiene entre 22 y 25 millones de personas que dependen de fondos públicos: funcionarios, pensionados, beneficiarios de algún subsidio. Y solo 21 millones de empleados privados. Las matemáticas no dan, al final explotan porque el Estado no produce riqueza, gasta lo que extrae al contribuyente. Y en esa foto, hay más franceses pidiendo que dando. (El estado de bienestar también tiene un tope).

Inés Aizpún