20180213 https://www.diariolibre.com

Insultar a una mujer es fácil. Se eligen dos vocales y dos consonantes, se ordenan, se enciende el ventilador de las redes y se procede al linchamiento público a la manera antigua y mezquina tradicional. Si además se intoxica con nombres y apellidos conocidos que nada tienen que ver con la historia, no es solo intromisión en la vida privada sino calumnia. Es otra categoría, se ataca dos veces.

Si se almuerza con Ángel Rondón y Rubén Maldonado, Presidente de la Cámara de Diputados, en un restaurante frecuentado por periodistas, políticos, funcionarios y empresarios es porque el grupo quiere ser visto. Lanza un mensaje abierto a todo tipo de interpretaciones. (¿A quién iba dirigido? Los almorzantes sabrán...)

Tal y como estaba al menos previsto... el encuentro se hace público. Aquí se respeta la libertad de asociación y de tránsito, usted puede ir a comer donde quiera y con quien quiera. Es su derecho pero a veces tiene consecuencias. En este caso la táctica de matar al mensajero solo revela que la puesta en escena no surtió el efecto buscado.

Insultar a una mujer además de fácil suele salir gratis. Nuria no le va a retar a un duelo y sí va a tener que soportar los comentarios a sus espaldas y las risitas tontas de los ignorantes. La doble moral tiene ese efecto. Un ejemplo reciente (¡son tantos!): tener más de 80 años y explicar a través de nota de prensa que paga la manutención de hijos menores fuera del matrimonio solo es una gracieta si usted es Euclides Gutiérrez. No le van a insultar.

Pero ante la vida privada de una mujer la reacción es diferente en estos tiempos de puritanismo selectivo. Por ahí viene el 8 de marzo... ¿estamos todos preparados para los mensajes emocionales y las felicitaciones de los políticos?

La vida real es otra y el problema sigue siendo Odebrecht. IAizpun@diariolibre.com

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