Corrupción, impunidad y desarrollo

Las denuncias de nepotismo corren por las redes y por los programas de televisión sin que autoridad alguna les haga caso.

Que la prima del ministro gana 200 mil; que el cuñado se tira 150 mil; que la querida, que el sobrino, que el hijo y el otro hijo, y la cuenta se pierde sin que a nadie parezca importarle, particularmente a las autoridades encargadas de perseguir la corrupción administrativa.

Vivimos una época de gobiernos cuyos funcionarios se creen propietarios de las funciones públicas a tal grado que las viudas heredan las posiciones de los maridos, y a falta de una viuda capaz, los hijos.

No es que fuera una situación desconocida en el pasado sino que nunca como ahora se había manifestado con tanta crudeza y desparpajo, y con tan poco interés de parte de la ciudadanía.

Es el reinado del concepto de que el que llega al Gobierno es para aprovecharse y lo vemos en los contratos de obras y servicios y en el uso de todos los trucos del libro para aprovecharse del Estado.

Los teóricos explican esto como parte del proceso de modernización pues el Estado participa en más actividades y tiene una presencia mayor en la vida nacional. Lo que no explican esos teóricos es por qué en unos países ocurre eso y otros se han podido curar de la enfermedad.

La explicación es simple: esos Estados antepusieron el interés general a la complicidad particular. Esos Estados sabían que para que un país se desarrollara verdaderamente necesitaba poner la Ley y los tribunales primero. Aquí, los hemos puesto de último. No más preguntas.

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