Democracia de fachada
En el país tenemos una democracia de fachada: tenemos todos los elementos, pero todos funcionan mal. Es como un set de cine con fachadas bellas y nada detrás.
Nuestra democracia tiene partidos políticos que no son democráticos, y que prefieren el “dedo” a las primarias competidas.
Estos partidos tienen afiliados de los que nunca se conoce su filiación, pues hoy son de uno y mañana del otro.
Y esto no es nuevo. Luperón, en el siglo XIX, refería que no se podía saber quién era “rojo” o “azul”, pues al rojo de hoy que le quitaran el empleo se volvía azul y al azul que se lo dieron se pasaba a rojo.
Tenemos formalmente poderes del Estado que, sin embargo, son controlados por uno de ellos y, a veces, desde fuera.
El único acto democrático, el voto, ha sido mercantilizado.
El Presidente de la República es una especie de rey republicano.
El respeto a la ley es sólo formal. Todo el que puede violarla lo hace, aunque sean violaciones menores.
No existen mecanismos de control político de los funcionarios que se sienten con manos libres para corromperse y corromper.
Las instituciones sólo existen de nombre y los ciudadanos quieren vivir en el libertinaje, pero añoran al “Jefe”.
Estos males, que tienen “raíces hondas”, como señala Monclús, han vuelto inoperante el sistema que no se atreve a romper con las distorsiones que lo frenan. ¿Hasta cuándo? Hagan sus apuestas...
atejada@diariolibre.com
Adriano Miguel Tejada
Adriano Miguel Tejada