El bastón blanco
Es difícil creer que los ciegos dominicanos no tengan todos un bastón blanco. Pero no lo tienen y el empeño de Francina Hungría, a través de su Fundación, es que no le falte a nadie que lo necesite.
Pensar en un ciego tratando de tener cierta independencia (y por tanto libertad) en las calles de nuestras ciudades es darse cuenta del problema de desorden urbanístico que padecemos.
Nuestras ciudades, y ahora cada vez más los pueblos, son excluyentes. Agresivas. Son ciudades que castigan a los niños, a los ancianos, a los ciudadanos con problemas de movilidad o visión hasta hacerse inaccesibles para ellos. Son ciudades hostiles y peligrosas para cualquiera que no vaya montado en un vehículo. A ser posible más grande que lo que el medio ambiente y el sentido común recomiendan.
Las ciudades dominicanas penalizan al peatón hasta el punto de aceptar que las aceras son parqueos (incluso con servicio de valet parking) y que los semáforos para peatones son adornos lumínicos que ningún conductor considera.
Los derechos de los peatones no son solo ignorados en la práctica sino que ni siquiera son objeto de análisis de los funcionarios.
El bastón de Francina no es sólo el derecho de un grupo de la población que necesita esa ayuda. Es un recordatorio de que los demás influimos con nuestras acciones o con nuestra pasividad a que la ciudad sea una verdadera selva de asfalto.
La ciudad no es para peatones. Menos, si necesitan un bastón blanco.
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Inés Aizpún