20180320 https://www.diariolibre.com

Los tiempos cambian. Durante siglos, los filósofos se han devanado los sesos buscando la esencia de la felicidad. El sentido de la vida, de la muerte, la sabiduría, el camino de la verdad, del equilibrio...

Hoy los estudiosos miden la felicidad en números. En encuestas, en listados. Cuánto dinero hace falta para ser feliz, qué países lo son. Cuál encabeza el ranking de la satisfacción vital, cuál se hunde en la tristeza... Lógicamente los países más desarrollados (cultura, educación, vivienda, salud y ocio al alcance de más personas) y con democracias estables y en paz son los que albergan a los ciudadanos más contentos. Hoy, 20 de marzo, es el Día Internacional de la Felicidad.

¿Dinero? Hay un mínimo, dicen los que han estudiado el tema. El que asegura una calidad de vida sin sobresaltos ni grandes preocupaciones. Y hay un máximo después del cual, más dinero no hace más feliz.

En 1999, el filósofo francés André Comte-Sponville publicó La felicidad, desesperadamente. Es un pequeño libro, resultado de una conferencia en la que explica que “la felicidad no es un absoluto: es un proceso, un movimiento, un equilibrio, pero inestable (se es más o menos feliz), una victoria, por siempre frágil, siempre por defender, por prolongar o volver a iniciar.”

A partir de ahí, de entender que esperar ser feliz es improductivo y además poco realista, la búsqueda de la felicidad se convierte en acción. Ayuda, dice Comte-Sponville, “desear aquello que depende de nosotros, porque en ese caso querer significa actuar, que desear aquello que no depende de nosotros, porque entonces hay que contentarse con esperar.”

Las empresas también se han dado por aludidas. Es el caso de la Asociación Popular de Ahorros y Préstamos (APAP)– explicado en un reportaje en esta edición–, que ha creado una Gerencia de la felicidad. (Debe ser uno de los departamentos más complicados y divertidos de toda su estructura...) IAizpun@diariolibre.com

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