Llaman al periódico y piden ser escuchadas. La prensa se convierte para ellas en una garantía de que no serán la próxima Anibel González. Viven con el miedo metido en el cuerpo y en la casa. Viven amenazadas.

No son pocas. Y la historia no suele terminar bien. El sistema de garantías que se supone estructurado para estos casos no funciona. Y este no funciona significa que las matan. Tienen tanto miedo que no les importa ser fotografiadas, hablar públicamente de una historia terrible.

Su marido la acuchilló. La arrastró. La golpeó. Insultó, amenazó, acosó, despreció... El miedo es tan profundo y la amenaza tan real que el instinto de ocultarlo para preservar la intimidad se desvanece.

¿No cuentan con una estructura familiar y social en la que confiar? No siempre basta. Su familia, vecinos, amigos no pueden finalmente protegerlas... ¿debe ser suficiente con el Estado? Viven profundamente solas aunque tengan quien les escuche. Por eso hablan con periodistas desconocidos, para que todo el país entienda.

Si en la calle se viera a dos hombres peleando, enseguida aparecerían voluntarios para separarles. Cuando un hombre agrede a una mujer no siempre es así. Si su vecino del tercero insultara y golpeara habitualmente al vecino del cuarto, el edificio entero intervendría. Si el vecino del tercero pega a su mujer regularmente... no.

Anibel González ha despertado un sentimiento de dolor y solidaridad que no todas las víctimas levantan. Pero sus historias tienen un argumento similar.

Falta mucho para que el sistema funcione. Asesinos habrá siempre, psicópatas también. Las víctimas cuentan historias parecidas porque sus agresores/asesinos también se parecen.

Hay que proteger a las mujeres en peligro y enseñar a todas a reconocer las primeras señales.

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