20170519 https://www.diariolibre.com

He estado leyendo mucho en los últimos tiempos sobre el odio, ese “sentimiento de repulsión hacia alguien que impulsa a desearle el mal”, como lo define el diccionario, y me he topado con numerosas teorías que tratan de explicarlo desde el psicoanálisis hasta la economía.

Decía Víctor Espaillat, el recordado munícipe santiaguero, que el gran atributo del pueblo dominicano era que todavía no lo habían enseñado a odiar, pero me temo que si don Víctor despertara ahora se quedaría sorprendido de cuántos avances ha hecho la teoría del odio entre los dominicanos.

De los textos sobre el odio me quedo con dos: el economista Edward Glaesser, de Harvard, plantea una teoría racional y económica del odio social basado en los prejuicios y en la competencia por la riqueza y los recursos.

Los titulares de los diarios hablan de cuánto gastamos atendiendo parturientas haitianas, por ejemplo, o de cómo los ciudadanos de ese país les roban los empleos a los dominicanos. Del mismo modo, los igualitarios fomentan el odio a los ricos “que no suben los salarios y reciben exoneraciones del gobierno”.

Desde el punto de vista psicológico, Robert y Karin Sternberg, proponen siete tipos de odio, los cuales surgen de la combinación de tres componentes principales: La negación de la intimidad, o el distanciamiento de los que nos provoca repulsión o rechazo; la pasión, que es la ira o miedo a la amenaza, y el compromiso que es consecuencia de la desvalorización de la persona o grupo que se odia, lo que justifica los ataques.

El gran problema con el odio es que sólo destruye, no construye. Por eso, me quedo con la frase del recordado Héctor García Godoy, quien afirmaba que “el único odio admisible, es el odio al odio”.

atejada@diariolibre.com

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