Ganas de vivir

El suicidio del chef y viajero Anthony Bourdain ha provocado un aluvión de artículos en prensa y redes. En todo el mundo y en el sentido literal: en todo el mundo.

No hacía falta ser un foodie o un experto cocinero para seguir con entusiasmo su trabajo. Esa mirada sin prejuicios, esos comentarios divertidos -irónicos pero nunca hirientes- su curiosidad hacia lo desconocido y su capacidad de conectar con cualquier personaje extraño... hacían de un programa de cocina una guía de viajes, una ventana al mundo.

La tristeza que ha generado su muerte parece sincera. Era un tipo especial. Bien educado, exitoso, con talento. Sobreviviente de muchos excesos, de todo tipo de excesos. Quienes lo trataban cuentan en sus notas cosas curiosas. Era extremadamente puntual, siempre llegaba veinte minutos antes a las entrevistas incluso cuando el entrevistado era él. Eso denota un respeto por el trabajo y el tiempo de los demás, no tan frecuente en este oficio como debería (de uno y otro lado del micrófono). Era dulce con los niños, cuentan sus amigos, y defendía a las víctimas de los haters en las redes. Respetaba el trabajo de los inmigrantes y trataba de ayudar al gremio de los empleados de su sector, porque conocía muy bien la dureza del oficio.

Tenía depresiones. Es fácil hacer literatura de un suicidio; hablar de un lado oscuro, de demonios internos, de alma atribulada... la depresión es una enfermedad terrible, destructiva. Es una enfermedad difícil de manejar y de aceptar y que paraliza a la persona hasta el extremo de perder profunda, definitivamente, las ganas de vivir.

No se trata de tenerlo todo o no, o de perder la fe o no. Se trata de estar enfermo y no saber cómo seguir viviendo. IAizpun@diariolibre.com

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