La carga familiar

Dos revoluciones al mismo tiempo y sin mucho aviso. Mientras los niños perdían la educación presencial, los padres se veían obligados a teletrabajar. El hogar, la casa, perdía su esencia y se transformaba... en un campo de batalla.

Ese es el testimonio que se recoge de padres y madres agotados por una situación que llegó de forma inesperada y que sin darnos cuenta se cronificó. Perdida la rutina y el ritmo de la vida diaria, la casa ya no es el punto de encuentro de la familia que se cuenta al caer la tarde cómo le ha ido el día.

El día ha ido fatal.

A los niños no les gusta (en su mayoría) recibir clases virtuales. Las pantallas impuestas no son las mismas que sirven para jugar, encadenar videos o ver películas. O chatear. La capacidad del youtuber de turno para retener su atención no es la misma que la de la profesora de matemáticas. Para los padres, no es lo mismo llamar a la oficina con un “trajaré desde aquí hoy, se me presentó una situación”... que estar obligados a quedarse en casa enlazando teleconferencias y vigilando a los escolares.

¿Cuánto más se puede sostener una vida tan artificial? Es la pregunta que lanzan padres desesperados. La escuela marca el calendario de las familias. Sus salidas, sus gastos, sus prioridades. Los viajes (cuando se puede) los horarios familiares. A menudo... hasta el empleo y la carrera profesional que se esoge o se abandona por no poder compaginarla con la vida familiar.

El término de “carga familiar”, que se usa en diferentes escenarios... ha cobrado en esta pandemia una nueva dimensión.

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