La fuerza de la razón

Reconocerán que el operativo de la PEPCA en la Cámara de Cuentas tuvo algo de cinematográfico. Un apabullante despliegue de militares y fiscales que en doce horas encontraron las pruebas que buscaban (desde hace meses, se supone) entre miles de páginas.

Buenísimo para el país si es así; pero malísimo para la PEPCA si no es tan, tan, tan, tan... así.

Con los efectos especiales hay que tener cuidado. Es tan profundo y tan decidido el deseo ciudadano de que se termine con la corrupción (pasada y futura), que estos despliegues suelen ser acogidos con satisfacción. Son noticias con coreografía, por decirlo de algún modo.

Nadie piensa que combatir la corrupción sea algo fácil o que baste con las buenas intenciones y dos o tres rostros serios al frente. Los procesos que se aburren por el camino, los expedientes con telarañas, los casos que no culminan por fallos en la investigación o de la instrucción son más dañinos al propósito inicial que los que ni siquiera se inician. Son los que hacen pensar que “la corrupción en este país es inevitable” que es la vía más expedita para que ni siquiera se intente.

La Cámara de Cuentas no es una institución que se haya distinguido por la celeridad o la eficiencia. La excusa siempre fue la falta de medios y de personal, lo que la convertía en la institución a la que nadie debería haber aspirado porque la gravedad y trascendencia de su misión sin los medios necesarios era casi un suicidio civil.

El “asalto” del pasado lunes no es el fin, es el comienzo de un proceso en que habrá que demostrar, con la fuerza de la razón y no en razón de la fuerza, la corrupción denunciada.

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