La selva es el asfalto. Todas las infracciones posibles a las leyes de tránsito (incluidas las normas de buena educación) pueden ser listadas en un desplazamiento cotidiano en vehículo. Tanto por ciudad como por carretera.

Se parquea sobre los pasos de peatones y sobre las aceras. Se acorta un tramo en dirección contraria. Se invade el carril contrario porque el tapón aburre. Se ignoran los semáforos y se montan pasajeros a la sombra de la señal de prohibido montar pasajeros. Las patanas circulan por la autopista por el carril que no deben. Hacen carreras.

Y todo eso lo hemos asumido como NORMAL.

¿Nada mejora? Sí: no se obstruyen tanto como antes las intersecciones y se empieza (se empieza, no ocurre siempre) a dejar pasar a las ambulancias.

Pero las chatarras han vuelto con toda su prepotencia a ofrecer un servicio público. Son el síntoma de la selva del asfalto por antonomasia. Los pasajeros deben pagar por un servicio peligroso, ineficiente, caro y sucio. Tienen el permiso explícito para no pasar ningún tipo de control. Pueden utilizar unidades que se caen a pedazos, manejadas por choferes que se saben impunes.

Ahora se anuncia la eliminación de la revista por otro procedimiento “más efectivo”. ¿Cuál? ¿Podrá el INTRANT obligar a los dueños de concho y voladoras a que sus vehículos sean revisados regularmente?

No es sólo el tráfico. Estamos acostumbrados a las invasiones de fincas y solares. A los títulos falsos. A la ocupación de los espacios públicos. A las fortunas inexplicadas de políticos (y otros), al nepotismo, al cohecho.

Internalizar como normal lo ilegal es uno de los obstáculos más peligrosos para el desarrollo social.

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