La pandemia que no iguala

La pandemia nos ha igualado a todos, dicen algunos. Afecta tanto al pobre como al rico, se explican. Pero no es tan cierto. En realidad esta situación es cualquier cosa menos igualitaria.

Primero, porque las condiciones del confinamiento son absolutamente disímiles. Segundo, porque los que han perdido o pierdan su trabajo (en Estados Unidos son ya más de 30 millones de personas) no viven la situación como los que se muestran encantados de aprender recetas nuevas o encontrar tiempo para leer en la tranquilidad de un confortable hogar y una situación económica ralentizada pero no en peligro.

La educación ha sido la gran apuesta de los contribuyentes por unos cuantos años. Y en este terreno se han visto las diferencias muy crudamente. La experiencia de las clases virtuales está acabando con la paciencia de padres, profesores y alumnos privilegiados. Y la experiencia de no tener internet adecuado o profesores entrenados está terminando con los sueños de progreso de otros. La esperanza de un aprobado general y la incertidumbre del regreso a clases casi dibuja un año perdido.

Más efectos del COVID-19: personas que abandonan wassap por salud mental. Redes sociales que destilan (más) odio y frustración. Patrones de consumo puestos en pausa que se retomarán con alegría, a pesar de que el mantra de moda sea “nada volverá a ser igual”. Negocios, profesiones, proyectos que deberán reinventarse.

Amistades del pasado que reaparecen, familiares que se vuelven a hablar. Ciudadanos tratados por sus gobiernos como menores de edad. Libertades irrenunciables a las que se renuncia con una docilidad asombrosa...

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