La vida y el año escolar
Es el termómetro de la incertidumbre. Nadie sabe cómo, cuándo o dónde pueden comenzar las clases. Para el nuevo ministro no debería haber sido una sorpresa que el equipo saliente no dejara “fijado” el curso 2020-2021. No podía.
Ni aquí ni en el resto del mundo se sabe bien cómo hacerlo. Todo depende de la evolución de la pandemia y de las normas impuestas de distanciamiento, confinamiento, equipos de protección, toques de queda... Un año escolar perdido aumentará la deserción escolar, esa será una de las consecuencias más graves. El 72% de la población dominicana mayor de cinco años no supera el nivel primario. Es de eso de lo que hablamos.
En el discurso de toma de posesión el presidente Abinader habló de una serie de medidas, casi todas relacionadas a la educación a distancia o virtual (computadoras, conexión a internet) que no se pueden concretar en dos o tres días. Ni en dos o tres semanas. Este curso no lo define el 4%, el ministerio, la ADP o un cambio de gobierno sino la COVID-19. Este curso es problema de todos.
El periodo escolar tiene además la función de articular la vida de la familia. Los horarios, las salidas, las comidas... El orden de la vida diaria gira en torno al curso, a sus vacaciones, a las clases extra curriculares, a las necesidades de los escolares. Los horarios de la ayuda doméstica, los especiales en los comercios. Hasta los tapones.
De la educación depende todo: las oportunidades laborales, la competitividad y la productividad. La misma sobrevivencia de las empresas, la convivencia, la delincuencia, la seguridad, la institucionalidad.
Por eso, es el momento de apoyar sin condiciones a la educación. Si no es por vocación que sea por instinto de supervivencia. Como se pueda, cuando se pueda. Todos.
Inés Aizpún