Las lecciones que se quedaron en el camino

Se habla de reformar la educación en su faceta mecánica, más en su forma que en su esencia. Las pizarras y las tizas no apetecen cuando se puede utilizar una pantalla y toda la información que se logra a golpe de tecla...

Pero hay otra reforma que tendrá que llegar pronto. La de volver a la esencia de la relación entre el maestro y el alumno. Recuperar el sentido del esfuerzo como algo valioso, de la disciplina como algo esencial para triunfar en la vida. El autocontrol que se derivaba de las pequeñas frustraciones. El sentido del deber que se deducía del sentido común.

Han hecho más daño que bien las dosis de autoestima exagerada y motivación empalagosa que se empeñaron en impregnar en las aulas. Que los niños no compitan, que no se evalúen porque las notas frustran. Que estén motivados siempre, que descubran por sí mismos, que elijan qué quieren aprender. Aplausos a todas horas, medallitas, caritas felices por aquí y por allá. La figura del maestro que no enseña, sino que “acompaña”. La del padre que presume de ser “amigo” de sus hijos. Y divertirse. “Hay que” divertirse todo el tiempo, lo cual es un esfuerzo extaordinario, entre otras cosas porque se asocia la diversión a un estado de ánimo concreto imposible de hacer permanente.

Y en el camino... se olvidó que hay que enseñar a leer y a escribir correctamente para pensar, analizar, opinar. Que el maestro enseñaba y que con sus lecciones revelaba el mundo. La llave de todo, la lectura, se arrinconó nadie sabe explicar cómo, cuándo y por qué.

Invertimos el 4% del PIB en Educación y llenamos de pantallas a personas y personitas... que no leen bien.

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