Nada por aquí, nada por allá...

La historia del arte es la historia de la cultura y de la sociedad, de su evolución reflejada por las manos y la mente de un artista en formas, técnicas y soportes diferentes.

Y en eso estábamos (mejores épocas unas que otras, eso depende también del gusto) cuando llegó un artista tan conceptual-tan conceptual-tan conceptual... que ha inventado las esculturas invisibles. Tal cual.

Nada por aquí, nada por allá... y la obra cuesta 15,000 euros, que un enamorado del arte extra-hiper-super-mega contemporáneo pagó. El escultor, como es lógico, no aceptó dinero invisible y expidió, además del recibo correspondiente, un certificado de autenticidad: «Io Sono. 2020 [año de ejecución]. Escultura inmaterial para colocar en una casa particular dentro de un espacio libre de cualquier estorbo. Dimensiones variables, aproximadamente 150 x 150 cm». Sí, ha leído bien: dimensiones variables.

Hasta ahí la historia de Salvatore Garsau, autor de la escultura invisible que definió como “un concentrado de pensamientos. El vacío es un espacio lleno de energía”.

Días después de que Diario Libre publicara la impactante hazaña, llegó una nota de prensa a la redacción. Una galería refutaba que Io Sono fuera la primera escultura invisible, puesto que el artista español Boyer Tresaco se había adelantado: “Una de las primeras de estas esculturas invisibles la presentó en una exposición en la ciudad de Barcelona en 2001, hace ya 20 años. Posteriormente fue publicada en contraportada e interiores a página completa en un libro distribuido por Laie.” Sí, ha leído bien: publicada en contraportada y a página completa.

(¿De verdad el arte refleja la evolución de la sociedad? Y si eso es cierto... ¿qué dice esto de nuestra época?)

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