20170818 https://www.diariolibre.com

Cada quien debería salir de su casa rezado. Ni las oficinas ni los establecimientos comerciales ni mucho menos las instituciones públicas son el escenario para poner a todo el mundo a cantar, elevar la mirada al cielo o agarrarse de las manos. Uno sale de su casa con los deberes espirituales hechos, sea mirando a La Meca, saludando al sol, recitando el salmo del día o comulgando temprano. Hay que ir al templo, iglesia, mezquita o sinagoga e incorporarse a la vida civil habiendo cumplido con las creencias.

A nadie le incumbe qué religión profesa el otro y esas manifestaciones públicas, las “bendiciones” en el ascensor, las citas bíblicas al pie de las notas de prensa, los aleluyas en la música ambiental de la lavandería... resultan ya una moda artificiosa, no son más que aspavientos. La fe es un asunto privado y de un tiempo a esta parte se está normalizando una imposición pública que ya empieza a agobiar.

La corrupción y la impunidad no se curan con oraciones. Se combaten con una Justicia independiente de los otros poderes. Si al problema de la falta de institucionalidad y de transparencia le añadimos el ingrediente folclórico de los legisladores en drill presidente agarrados de la mano “buscando” la inspiración divina... vamos a ir a peor.

¿Es este artículo un alegato anti religioso? Muy al contrario. Es una defensa cerrada de que cada quien crea y practique su religión, siempre que esa religión respete las normas civiles y el derecho del otro a no ser aleccionado. Las creencias espirituales (incluido el derecho a ser ateo o agnóstico) son un asunto muy serio. Tan serio que hay que tomárselo en serio.

Menos cánticos, menos invocaciones y menos negocios en las Cámaras. Nos irá mejor... incluso para la paz del espíritu.

IAizpun@diariolibre.com

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