Siempre el día después...

La isla de Santo Domingo fue descubierta un día como hoy, en 1492, pero no fue sino hasta el día siguiente cuando los españoles pusieron pie en tierra.

La circunstancia de que la isla fue avistada en horas de la tarde y de que los españoles no podían arriesgar la suerte de sus navíos ante la limitada visibilidad que ofrecía la hora (recuérdese que no había mapas de las nuevas tierras), obligaron a los europeos a fondear mar afuera hasta el amanecer.

Ese hecho fue una especie de presagio de lo que sería el destino de la isla.

Aquí siempre hemos debido esperar. Esperábamos por el situado para pagar los sueldos; esperábamos por el desarrollo que nunca llegaba y hasta tuvimos que esperar por nuestra independencia, varios lustros después de la liberación latinoamericana.

Llegamos tarde al progreso y las dictaduras nos retrasaron décadas en las ideas y en el comportamiento responsable. Solo nos sabemos portar bien cuando nos dan garrote, quizás un remedo de cuando éramos esclavos.

Y ahora todavía seguimos dejando las cosas para mañana. Como buenos hijos del Trópico, donde “siempre seca lágrimas el sol”, mañana será otro día porque el presente ya tuvo su afán.

Y como esperamos el nuevo día, aguardamos las nuevas elecciones con infantil esperanza y nos abrimos a cualquiera que llega cargado de promesas y de riquezas sin preguntar siquiera de dónde salieron.

Seguimos siendo tan ingenuos como los aborígenes que recibieron a los recién llegados, el día después...

Quizás por eso nos aprecian tanto los turistas...

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