20170515 https://www.diariolibre.com

Un proverbio africano afirma que “se necesita todo un pueblo para educar a un niño” y nunca como ahora en nuestro país es más oportuno ese sabio dicho.

Cuando quien esto escribe era un muchacho en edad escolar, era jugada de regla que si alguien que conocía a mi familia me veía en la calle “haciendo algo malo”, me daba mi pescozón y me llevaba por la oreja a casa. Allí, mis padres agradecían el gesto, y yo podía esperar la consiguiente “pela” por hacer “lo mal hecho”.

No creo que eso me haya creado trauma alguno, sino que, por el contrario, me hizo mejor ciudadano, consciente de que existe una línea entre lo bueno y lo malo que no debe ser traspasada sin consecuencias.

Lo mismo pasaba con los maestros, que eran respetados como sacerdotes en las comunidades.

Lamentablemente, ya la sociedad no colabora en la educación de los niños. Nadie, ni siquiera los maestros, se atreven a reprender a un alumno por temor a la reacción de los padres apoyadores, o de las bandas juveniles que aterrorizan los barrios, o por el temor de los maestros a las sanciones de las autoridades de Educación.

Es decir, hemos perdido como sociedad el papel que la sabiduría popular le otorgaba a la ciudadanía en la protección de los valores sociales compartidos por todos y en el proceso educativo.

Eso se puede ver en la inoperancia de las sociedades de padres y amigos de la escuela, en el escaso involucramiento de la escuela con la comunidad y en el peligroso derrotero de la violencia y el bullying en los planteles escolares.

En verdad, sin comunidad no hay educación. Ahí está nuestro problema.

atejada@diariolibre.com

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