Toda la familia va a la escuela

No solo es EDUCA, también Unicef, la ADP, el Ministerio y en general todas las instituciones que intervienen en el proceso educativo están seguras de que la pandemia abre la posibilidad de que las familias (por fin) se integren en el proceso de aprendizaje de sus hijos.

En el escenario anterior, la educación era “responsabilidad” casi única de la escuela. Los padres cumplían con “mandar a los muchachos” a clase. Y a menudo lo hacían uno o dos días después de que comenzara el curso, todo hay que decirlo.

Ahora la COVID-19 ha impuesto un escenario insólito. Los niños en casa han creado un cuadro de estrés familiar bastante severo. A la doble jornada laboral (el trabajo y las labores caseras) se une un tercer elemento que va a terminar con unos cuantos al borde de un ataque de nervios.

Si calculamos ocho horas de oficina y tres de trabajo en el hogar y le sumamos la supervisión o repaso de las tareas... las horas no cuadran. Súmense la lógica intranquilidad por la calidad del método, por las exigencias tecnológicas y el estrés en los niños, cansados de no compartir con sus amigos, renunciar a su ocio habitual y el aburrimiento de tener las clases en casa...

Cuando ya se discutía cómo perjudicaba a los menores estar horas pegados a las pantallas y cómo influiría esto en su desarrollo psicosocial... les dirigimos a sentarse más horas que nunca ante un monitor.

Pronto tendrá que pensarse en abrir las escuelas, en un sistema mixto virtual presencial. Si no es por los alumnos... tendrá que hacerse por los padres.

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