Un día sin tocar bocina

Una de las costumbres más arraigadas de los conductores nuestros es tocar la bocina ante cualquier circunstancia. La tocan los que conducen automóviles y los que maniobran en motocicletas, y ni hablar de las patanas que se quieren llevar el mundo de encuentro con sus bocinas al estilo King Kong.

En naciones más civilizadas que la nuestra, el tocar la bocina es una anomalía. Hay conductores que no recuerdan la última vez que sonaron el claxon y es que si se cumple con los mandatos de la ley de tránsito no hay necesidad de hacer ruido.

En el caso de nosotros los dominicanos, tocamos la bocina para darnos a respetar ante el otro que quiere ocupar nuestro lugar que no queremos ceder, o para despertar al necio que pelea por ponerse delante en el semáforo solo para comenzar a chatear.

Traigo todo esto a cuento, porque el otro día, alarmado por la cantidad de ruido que producen los bocinazos, decidí manejar sin tocar bocina.

Mi oficina queda en una esquina muy concurrida y es imposible trabajar por el ruido, a pesar de que frente a mí queda un hospital, un lugar frente al cual está prohibido tocar el claxon.

En mi primer recorrido de casa al trabajo toqué la bocina una vez. De regreso a casa, no lo hice. Es que solo hay que frenar, ceder el paso y tener un poco de empatía con el desesperado infeliz que quiere llevarse el mundo por delante solo para quedarse inmóvil en el próximo tapón.

Llevo ya varios días sin tocar bocina, pues aprendí que el ruido no rompe los tapones pero sí afecta al corazón y daña la bilis. Los invito a hacer la prueba. Hagamos esta ciudad más suave y amistosa para todos.

atejada@diariolibre.com

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