Un país superficial

Lo más grave que nos está pasando a los dominicanos es la superficialidad que nos abate.

Antes, la superficialidad se explicaba en las limitaciones de la pobreza, del analfabetismo y la escasa población ilustrada.

Hoy, que no somos tan pobres, que tenemos decenas de miles de graduados universitarios, la comodidad y el consumismo nos mantienen en una superficialidad que espanta.

Los partidos son superficiales, y sólo hay que analizar los temas de campaña para verlo; las organizaciones de la sociedad civil, cuando no han sido cooptadas por los partidos, se debaten en una superficialidad que aterra. De la prensa, ni hablar y mejor es no referirse a la televisión ni a la radio.

El internet, ese vehículo extraordinario para la difusión de ideas e innovaciones, sólo se usa para chatear y otras actividades menos santas, y la serena conversación del hogar ha sido sustituida por el ruidoso ambiente del colmadón.

Las instituciones se han deformado: los partidos son corporaciones económicas; el Gobierno, sólo gobierna por medio de un paternalismo que nos hace súbditos y no ciudadanos; la Justicia es injusta, y la escuela no enseña, ni informa, ni forma.

Las élites bailan al ritmo de las ideas de fuera y de los “incentivos” (paternalismo al por mayor, mientras los bonos a los pobres, es paternalismo al detalle), y los legisladores no viven sin su barril de prebendas.

Este pueblo tiene que despertar de esta superficialidad que ahoga. ¡Levántate y anda! ¡Resucita!

atejada@diariolibre.com

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