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Una sociedad pordiosera

En décadas pasadas éramos una sociedad más igualitaria en la cual todos íbamos a las mismas escuelas públicas con excelentes maestros, y el progreso era el resultado del esfuerzo individual.

Salidos de la dictadura, el papel del Estado apenas se notaba fuera de los servicios de seguridad y Justicia. Los impuestos no eran tan gravosos, y dentro de la pobreza se vivía con una apacible tranquilidad.

De pronto, la sociedad se dividió en dos, y hubo que enviar a los hijos a colegios privados, los que pudieron se dotaron de medios de transporte propios, de vigilancia privada, de sistemas de energía y agua para suplir la falta de servicios públicos, los impuestos se hicieron una carga pesada, y la delincuencia se afianzó fruto del descalabro de los sistemas de coerción.

Ahora, imperceptiblemente, se está volviendo a una sola sociedad pero a través del paternalismo del Estado. Los gobiernos nos han hecho tan pobres, que la gran mayoría no puede progresar por esfuerzo propio -las trabas e impuestos no lo permiten-, y seguimos tan abrumados por las cargas viejas, que sólo la corrupción, la evasión y la política, permiten sobrevivir a las grandes mayorías.

Tocqueville lo previó: “Por encima de esa masa de hombres, hay un poder inmenso y tutelar que se atribuye a sí mismo... la tarea de asegurar sus satisfacciones y de vigilar su suerte. Este poder es absoluto, regulador... Sería... como un padre... si tuviera por fin preparar a los hombres para la madurez, pero trata, al contrario, de mantenerlos en perpetua infancia...”

Ese es el problema. Una sociedad dominada por la abrumadora fuerza del paternalismo y la corrupción.

atejada@diariolibre.com

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