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Amt. - Maledicencia

Adriano Miguel Tejada

El cáncer más peligroso que aqueja a los dominicanos en el día de hoy es el de la maledicencia.

Cualquier persona se sienta hoy en una computadora, levanta un teléfono o comenta entre un grupo de amigos la historia más ridícula o bizarra, y esa pieza difamante circula como moneda de curso legal en el pueblo.

No importa la historia personal del agraviado, los servicios que haya prestado a la ciudadanía o su distinguida carrera en la vida académica. El resultado es el mismo. La historia más increíble encuentra oídos abiertos a la murmuración y una lengua suelta que dispara con más rapidez que la más letal y moderna ametralladora automática.

Nunca como ahora se había respetado menos la honra ajena. Parecería que basta tener bienes materiales, ser funcionario público o privado, o ser reconocido en la comunidad. Todo el mundo está sujeto a los comentarios más atroces sobre las barbaridades más grandes, y lo peor es que quien repite las asombrosas historias no se siente en absoluto culpable de estar cometiendo un pecado capital.

Tengo la impresión de que muchos entienden que apoyando el chisme están dando una demostración de que son poseedores de conocimiento sobre lo divino y lo humano. Pocas personas defienden a un acusado que no puede ejercer su legítimo derecho a la defensa ante la ignorancia de lo que está ocurriendo a su alrededor.

Desde pequeños nos enseñaron la fábula de la lengua en la cual un sirviente ofreció un plato de lengua de vaca a un parroquiano que le pidió "lo mejor" y que le repitió el plato cuando el cliente le pidió "lo peor". El sirviente le explicó que dependiendo de cómo se usara, la lengua podría hacer el mayor bien o constituirse en el peor de los males.

Esta vocación a la difamación trasciende las clases sociales. No se observa respeto por el colega, por el amigo ni siquiera por el familiar. Seguimos girando la rueda de la murmuración sin percatarnos de que el día menos pensado nos pasará también por encima dejando su huella deletérea sobre nuestra fama.

¿Es que vamos a seguir permitiendo que el tejido social se nos deshilache ante nuestros ojos porque nadie se atreve a exclamar ¡basta ya! de tanta chismografía, tanta bajeza y tanta falta de respeto a honras y valores ajenos? Creo que la ciudadanía consciente se levantará para detener este ataque a nuestros valores más preciados. Es imperativo que así sea.