Charlotte y las nuestras
Charlotte Elizabeth Diana. Ése es el nombre seleccionado por el duque y la duquesa de Cambridge para su hija nacida en Londres el pasado sábado en el Hospital Santa María, trasladada luego a su residencia por sus jubilosos padres, y destinada a llevar una vida palaciega como Su Alteza Real Princesa Charlotte.
El evento tuvo repercusión mundial, siendo reseñado en la televisión, los periódicos y las redes sociales.
Otras niñas nacieron ese mismo día en nuestro país, desapercibidas excepto para unos pocos relacionados. Fueron luego llevadas a sus viviendas, la mayor parte de ellas humildes, calurosas y destartaladas. Varias tuvieron la dicha de contar con ambos progenitores, pero otras sólo con sus madres, habiendo sido rechazadas por padres que ni las aman, ni se interesan por lo que pueda pasarles.
La princesa Charlotte recibirá una educación esmerada de alta calidad. Se le dejará pasar por las diferentes etapas de su vida, jugar, hacer travesuras y tener amigos, y su privacidad será protegida, pero se le inculcará que en su condición especial como parte de la familia real inglesa tiene un rol que cumplir y una posición social configurada para ella de antemano.
La mayoría de las niñas que nacieron ese día aquí carecerán de privilegios y tendrán que luchar muy duro para abrirse paso en nuestro medio.
Podrían ser víctimas de violencia y abusos en su contra, crecer en ambientes contaminados y con deficientes cuidados médicos, y por ser del sexo femenino se les asignarán roles que pueden culminar con embarazos apenas lleguen a la adolescencia. Y en algunos casos se verán presionadas a trabajar en bares y discotecas, o a servir como niñeras y domésticas.
Desigualdades han existido siempre, y sería ridículo pretender que todas las niñas puedan ser tratadas como princesas reales. No obstante, es posible lograr que el futuro de nuestras niñas sea más prometedor que lo que hoy es.
gvolmar@diariolibre.com
El evento tuvo repercusión mundial, siendo reseñado en la televisión, los periódicos y las redes sociales.
Otras niñas nacieron ese mismo día en nuestro país, desapercibidas excepto para unos pocos relacionados. Fueron luego llevadas a sus viviendas, la mayor parte de ellas humildes, calurosas y destartaladas. Varias tuvieron la dicha de contar con ambos progenitores, pero otras sólo con sus madres, habiendo sido rechazadas por padres que ni las aman, ni se interesan por lo que pueda pasarles.
La princesa Charlotte recibirá una educación esmerada de alta calidad. Se le dejará pasar por las diferentes etapas de su vida, jugar, hacer travesuras y tener amigos, y su privacidad será protegida, pero se le inculcará que en su condición especial como parte de la familia real inglesa tiene un rol que cumplir y una posición social configurada para ella de antemano.
La mayoría de las niñas que nacieron ese día aquí carecerán de privilegios y tendrán que luchar muy duro para abrirse paso en nuestro medio.
Podrían ser víctimas de violencia y abusos en su contra, crecer en ambientes contaminados y con deficientes cuidados médicos, y por ser del sexo femenino se les asignarán roles que pueden culminar con embarazos apenas lleguen a la adolescencia. Y en algunos casos se verán presionadas a trabajar en bares y discotecas, o a servir como niñeras y domésticas.
Desigualdades han existido siempre, y sería ridículo pretender que todas las niñas puedan ser tratadas como princesas reales. No obstante, es posible lograr que el futuro de nuestras niñas sea más prometedor que lo que hoy es.
gvolmar@diariolibre.com
Gustavo Volmar
Gustavo Volmar