Solo los buenos olores viajan bien

El origen de los perfumes se pierde en la historia. Sobre la raíz de la palabra hay controversia, pero me inclino por la corriente que explica el compuesto como un antídoto contra los malos olores generados por los humanos y la insalubridad en las ciudades



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Solo los buenos olores viajan bien
Floris of London ha sufrido la realidad del mercado después del Brexit.

Entre los lugares emblemáticos de Londres, la calle Jermyn  sobresale por sus exclusivas tiendas de prendas de vestir masculinas y perfumes que durante siglos han exhibido la calidad,  buen gusto y elegancia que abonan la imagen del perfecto caballero inglés. Abundan las camiserías con productos a la medida o ya confeccionados,  con materiales que van desde los algodones egipcios, suizos e italianos hasta los afamados Sea Island, originalmente cultivados en las islas caribeñas inglesas (Gossypium Barbadense) y a los que distinguen, aparte del alto precio y la escasez, la brillantez y textura sedosa. 

En la vitrina del número 89,  los peines y cremas de afeitar , a los que se suman perfumes celebrados,   delatan de inmediato la profesión del propietario original. Floris responde al apellido del fundador, un barbero que echó pie allí  en 1730 y cuyos descendientes controlan aún el negocio que han expandido por todo el mundo. Cuando me detuve allí  a comprar o curiosear la primera de tantas veces, lejos estaba  de imaginar la historia que esconde la fachada de aquel inmueble londinense, cuyo interior presiden los mismos gabinetes desde hace más de cien años. No es para menos. Tallados en caoba noble, fueron comprados en la gran feria que hubo en Londres en 1851, pocos años después de nuestra independencia.

Pese a toda su solera y vueltas de almanaque, Floris of London ha sufrido la realidad del mercado después del Brexit, como hube de comprobar recientemente en Madrid. Buscaba un perfume específico de esa casa por razones muy particulares. Para mi sorpresa, en el escaparate de la casa inglesa en  una de los principales almacenes de la capital española apenas quedaban unos pocos productos y las consabidas muestras. Apenada, la dependienta me indicó que  desde marzo los inventarios estaban pendientes de reposición. La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea había provocado el desabastecimiento e ignoraba cuándo se recompondría la línea de suministro. Cuando Floris regrese con la abundancia de su catálogo a los grandes establecimientos europeos, a los precios habrá que sumar muy pronto la carga arancelaria.

Varios de los perfumes de Floris están bautizados con números.  Uno de los más famosos se corresponde con la ubicación de la tienda en Jermyn Street, 89, en el elegante sector londinense de St James. Es el perfume de James Bond, como anotó el creador del superhéroe británico, Ian Fleming, en Dr. No. Casualidad ninguna, porque ese era el perfume favorito del autor. Cuentan que se lo enviaban a Jamaica, donde residió y encontró inspiración para sus novelas que luego se convirtieron en éxitos fílmicos que continúan.

Buscaba Floris Special No. 127,  tampoco  una decisión casual. A quien regalaría la fragancia tiene colindancias argentinas, y Eva Perón fue una de las usuarias de esa colonia unisex, creada en 1890 para el gran duque Orloff, el famoso confidente de Catalina la Grande.  Con claros rastros cítricos,  notas de naranja, bergamota y lavanda entre otras, fue también el perfume favorito de Winston Churchill. Irradia frescura y el contraste entre los tonos frutales y herbáceos es simplemente cautivador. En la base, el pachulí y el almizcle le añaden firmeza y un toque de profundidad. La intensidad se desvanece con las horas, pero permanecen esas huellas de lozanía que proclaman al aire la personalidad imponente de una esencia inolvidable.

El origen de los perfumes se pierde en la historia. Sobre la raíz de la palabra hay controversia, pero me inclino por la corriente que explica el compuesto como un antídoto contra los malos olores generados por los humanos y la insalubridad en las ciudades, cuando la higiene distaba años luz de las normas de hoy en día. Per fumare, producir humo, o per fumus, a través del humo, nos acercan al origen de sensaciones que trascienden el sentido del olfato. Sin que existiera el perfume propiamente como tal, los aromas y fragancias alientan la pasión de la pareja en el Cantar de los cantares de Salomón. “…tú mismo eres bálsamo fragrante. ¡Con razón te aman las doncellas! ¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa, llévame, oh rey, a tu alcoba!”. Y más adelante: “El perfume de mi cuerpo va tras de mi amado adonde quiera que vaya. Cuando descansa entre mis pechos, él es para mí un ramito de lavanda, un manojo de hierbas aromáticas!”  Son cantos que despiden  una estela perfumada de erotismo.

El origen de los perfumes se pierde en la historia. Sobre la raíz de la palabra hay controversia, pero me inclino por la corriente que explica el compuesto como un antídoto contra los malos olores generados por los humanos y la insalubridad en las ciudades, cuando la higiene distaba años luz de las normas de hoy en día. Per fumare, producir humo, o per fumus, a través del humo, nos acercan al origen de sensaciones que trascienden el sentido del olfato.

“Perfume de rosas tiene tu alma”, cantaba Ismael Rivera. Otro puertorriqueño, Rafael Hernández, versificaba “perfume de gardenias tiene tu boca, perfume de gardenias, perfume del amor”, atribuyéndoles ambos a los aromas características espirituales.  El alemán Patrick Süsking escribió una novela  que rompió todos los récords de ventas antes de 1985: El perfume, la historia de un asesino,  llevada después a la pantalla con resultados mixtos. Jean-Baptiste Grenouille tiene una capacidad olfativa excepcional. Incapaz de generar olor corporal, crea perfumes que condicionan la percepción que de él tienen aquellos a quienes tocan los efluvios.  Su poder proviene de sus creaciones aromáticas, cuya base extrae de los cuerpos de las mujeres núbiles a las que asesina.  Una vez más el perfume como  esencia que supera lo meramente humano, sinónimo de una fuerza invisible que transforma lo que toca.

Cuentan que el caso de un asesino en serie español que utilizaba la grasa de sus víctimas para fabricar jabones inspiró al escritor alemán. Resulta que el fundador de Floris of London no era inglés, sino un menorquín llamado Juan Famenias Florit que primero emigró a Montpellier, en la Occitania francesa, donde aprendió el secreto de la perfumería. No muy lejos está la Provenza, con sus campos teñidos del malva de la lavanda. Tierras fértiles en yerbas aromáticas que se utilizan en la industria de las fragancias. Allí se encuentra Grasse, la ciudad donde Jean-Baptiste Grenouille perfeccionó su arte mortal.

Juan Famenias pasó de Francia a Londres  en 1730 y allí cambió su apellido a Floris para facilidad de pronunciación en inglés. Su experiencia mediterránea aplica al frescor de sus perfumes,  a esa aura de campo que corona las fragancias creadas en el taller que aún permanece en el número 89 de Jermyn Street. Los gabinetes de caoba comprados en la feria londinense fueron fabricados en España.

Mary Shelley, quien escribió la primera novela de ciencia ficción y a cuya madre se acredita el libro fundacional del feminismo,  compraba sus cepillos dentales  y de cabello en Floris. La pionera de la enfermería y heroína en la guerra de Crimea, Florence Nightingale, escribió una carta a Mr Floris, expuesta en la tienda, en la que le agradece el envío de un buqué muy oloroso. Conservan allí, además, un recibo fechado en diciembre de 1934 a nombre de Churchill por la compra del Special No. 127 y Stephonotis, este último una esencia de baño compuesta por un hijo de Floris, en 1796.

En su obra literaria, Süsking asegura que hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos y la voluntad.  También que el perfume vive en el tiempo, tiene su juventud, su madurez y su vejez. Como si fuese humano.  Habrá quienes digan que Floris Special No. 27 pasa, en consecuencia,  como una colonia anticuada, ¿pero cuándo lo clásico pasó de moda?

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Se ha mudado a la diplomacia, como embajador, pero vuelve a su profesión original cada semana en A decir cosas, en DL.