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Culpa es nuestra, no del tiempo

Son tiempos de extremos, y el clima no puede escapar de tantas perturbaciones

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Culpa es nuestra, no del tiempo

Ni hay nubes ni brisa, solo la inmensidad del cielo, azul intenso, perturbada por alguna avecilla traviesa que no teme surcar el aire enrarecido. Madrid y Europa arden; no de rabia o de la inclemencia de los intercambios de artillería en Ucrania, sino en una oleada de calor que calcina, que revienta los poros en explosiones de sudor, que atolondra, que corta el resuello y obliga a refugiarse en los interiores torpemente refrigerados.

En toda la península ibérica —el Reino Unido en busca de un primer ministro, la Francia del presidente Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron con el Poder Legislativo en contra, la Italia al borde de unas elecciones por primera vez en otoño— y otras geografías europeas, los termómetros replican los precios de los combustibles y la energía en todo el mundo: hacia arriba, sin misericordia. Razones habrá, pero quién las entiende si el bolsillo escalda. Sales a la calle y es un horno que te cocina de cuerpo entero. El recibimiento inicial es una bofetada de aire estancado, sofocante, que hace subir al rostro unos colores innecesarios. El exterior es un martirio, una hoguera, un trópico exaltado, una pira en la que se consumen buenos y malos, negros y blancos, mujeres y hombres y que induce a desear que la ciudad fuese un campo nudista para prescindir de la ropa que rápidamente se convierte en instrumentos de tortura.

Sube la temperatura corporal, no la bilirrubina, cuando miramos el desastre y no lo miran quienes tienen capacidad para disponer acciones efectivas. Nuestra huella de carbono es minúscula comparada con la de los países desarrollados, pero nuestras playas desaparecen, las ultraja el sargazo y los huracanes son una amenaza latente hasta fuera de temporada. Los días calientes llegaron para quedarse. La placidez de la primavera es solo un recuerdo, reemplazado por una sensación térmica insoportable, agobiante, desquiciante. Las altas temperaturas combinadas con la humedad reinante, próxima a veces al ciento por ciento, abrasan aún más. Las madrugadas, dicen, son siempre más oscuras y suaves, pero no logran apagar a Europa porque el termómetro está definitivamente encendido. El político y el de mercurio. Ambos productos son igualmente venenosos.

Son tiempos de extremos, y el clima no puede escapar de tantas perturbaciones sino que se convierte en una aberración más. La mano del hombre está detrás de todo. No solo en busca de lo ajeno, sino en la destrucción de la naturaleza. Ya es natural que el bípedo sea el mayor depredador, el único animal capaz de matar sin necesidad. Los tigres cazan cuando tienen hambre. Serán los asiáticos, los de Bengala, mas no los dominicanos, que --motorizados, armados y desalmados--, apelan al arma asesina por un quítame esta paja en formato de accidente de tránsito.

Poco consuelo aportan los expertos en este estío mortificante: advierten que un grado de aumento de temperatura tiene implicaciones severas para la gente y el planeta. No serán testigos ya los más de quinientos españoles que han muerto a consecuencia de la ola terrorífica de calor. Esto que leí hace ya años en el Washington Post sobre las calamidades del tiempo (estado atmosférico y no duración de las cosas o período o época) extremo, sí que asusta: “Desde los tiempos preindustriales, el promedio global de la temperatura en la superficie se ha incrementado 1.4 grados, pero de esa medida, más de un grado se ha registrado en las últimas tres décadas”.  Las temperaturas exageradas se repiten en los Estados Unidos y asuelan Asia como un huracán de fuego. Se precipitan en esta temporada veraniega con la intensidad de una pasión; hacen que la sangre hierva en las venas y atropelle corazones, aumenten las visitas a las emergencias de los hospitales y todo el mundo se pregunte, desconcertado, si esto es julio, ¿qué será agosto?  No se paran sino que escuecen hasta quienes reniegan del cambio climático y se refugian en bulos y noticias falsas. 

Este tiempo, en todas sus definiciones, es extremo. Con calores tan endiablados, los bosques sufren de combustión espontánea y el fuego se extiende por parajes a los que el sol ha robado todo vestigio de humedad y pintado del color de la desolación. La declaración de urgencia climática obedece a los tantos incendios desatados en parques forestales y áreas verdes. La región central de Castilla y León, así como la región norte de Galicia han visto desaparecer setenta mil hectáreas de bosques en incendios que por momentos se han vuelto incontrolables. Igual en Francia, Portugal y Grecia.

No dejemos el susto para después porque podría ser muy tarde: “En la última mitad del siglo y en muchas partes del mundo, los días y noches frías se han hecho más raras, y los días y noches calientes, más comunes… Los océanos se han vuelto más ácidos como resultado del aumento de los gases de invernadero, y el calentamiento de los ríos y los lagos afecta a los peces de agua fresca y otras especies. En consecuencia, los animales y las plantas emigran hacia los polos o elevaciones más altas en búsqueda de hábitats más hospitalarios…Todo esto ocurre con solo 1.4 grados de calentamiento… Sin acciones para disminuir las acciones de carbón, los científicos pronostican que la temperatura promedio en el planeta podría subir 11.5 grados para el final del siglo”.

El Mediterráneo, en versión musical de Joan Manuel Serrat “una mujer perfumadita de brea, que se añora y que se quiere, que se conoce y se teme”, hierve. La temperatura en sus aguas promedia cinco grados por encima de lo normal y ha montado hasta treinta. Nuestro mar Caribe, con un “calientito” balsámico de 26 grados marcha ya a la zaga. Las alarmas han sonado por el efecto devastador sobre los hábitats marinos y posibilidad de que, en combinación con otros fenómenos atmosféricos, esas calenturas produzcan lluvias diluvianas. Ojo, que las predicciones meteorológicas elevan la temperatura de esas aguas históricas a 32 grados en el agosto en la próxima hoja del calendario.

Más noticias desoladoras apuntan hacia mayores niveles inflacionarios en los alimentos, ya no porque los cereales de Ucrania peligren en silos desabrigados frente a los misiles rusos. Leo en el británico The Guardian que las cosechas de productos esenciales serán menores este año debido a las olas de calor y la sequía. La producción de maíz, soya y girasol bajarán entre un ocho y un nueve por ciento. Igualmente, la producción de cereales será un dos por ciento más reducida en España, Francia, Italia, Alemania, Rumanía y Hungría. Arderán los bolsillos. ¿Qué está ocurriendo? Lo explica la Unión Europea por vía del Centro Conjunto de Investigación: la sequía y el estrés calórico en muchas regiones coinciden con la etapa de floración de cosechas claves, y los depósitos de agua están a niveles tan bajos que no dan abasto a la demanda de irrigación. Añádase a la ecuación alimenticia el impacto de fertilizantes más caros.

Dada la timidez de estos sistemas de refrigeración europeos, he huido hacia las montañas temeroso de las temperaturas inclementes que como turbonada de fuego azotan gran parte de Europa en una anticipación del más allá flamígero. No hay respiro.  Cualquiera expira antes de que asome el frescor del otoño. Me he declarado refugiado climático, aspirante impenitente a lo bajo en contraposición a la hipertemia. Porque de termocéfalo, aspiro a no tener un pelo.

adecarod@aol.com

Este tiempo, en todas sus definiciones, es extremo. Con calores tan endiablados, los bosques sufren de combustión espontánea y el fuego se extiende por parajes a los que el sol ha robado todo vestigio de humedad y pintado del color de la desolación. La declaración de urgencia climática obedece a los tantos incendios desatados en parques forestales y áreas verdes.


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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Se ha mudado a la diplomacia, como embajador, pero vuelve a su profesión original cada semana en A decir cosas, en DL.