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Surfista en el mar de la vida

De vuelta a mi país recordé el ánimo del dominicano a pie

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Surfista en el mar de la vida

En uno de esos viajes a mi país de siempre, la casualidad se combinó con la realidad para recordarme las fibras que sostienen el ánimo del dominicano de a pie, pese a cambios sociales y acontecimientos diarios que inclinan la balanza del juicio hacia las consideraciones peores. Los hechos son tozudos, y a los continuos relatos de comportamientos aberrantes, de crímenes horripilantes, de incivismo y retorno a las cavernas, se opone mi experiencia personal de apenas un fin de semana en el mismo escenario.

Las máquinas de ahora son un dechado de tecnología. Nos avisan con iconos, sonidos y a viva voz los fallos que registran, incluso aquellos que en modo alguno impiden una conducción segura. Ahí, en el tablero, estaba la señal de falta de presión en los neumáticos. Insistente. Reacia a desaparecer con un nuevo encendido del motor. Persistente. Igual ocurre cuando olvidas colocarte el cinturón de seguridad y un pitido inmisericorde, de nunca acabar, te recuerda lo que es una obligación.

El aire sigue siendo gratis en la mayoría de las estaciones de servicio, no así en la Europa donde vivo. Lo que ha desaparecido aquí son los medidores, o si existe no funcionan, como comprobé en la visita a varias gasolineras. Medir cuántas libras de aire tiene cada neumático y alcanzar la presión precisa, la indicada en la pequeña placa metálica en la puerta del conductor, requiere de voluntad de hierro cuando el sol despiadado del mediodía adolece de la moderación que a veces proporcionan nubes piadosas. Para mi fortuna, un chico desgarbado, pobremente vestido y con unas sandalias de goma a punto de perder su utilidad, estaba cerca y con un gesto le pedí ayuda.

Veinteañero o adolescente, dejó a un lado una caja de limpiabotas y se enfrascó en la tarea, sentado frente a cada goma en la lata sobre la que se acomoda para adecentar el calzado de los clientes. Sin la calibración que proporciona un medidor, no quedaba más remedio que fiarse del ojo para decidir cuánto aire era suficiente. Se marchaba ya cuando le agradecí la ayuda y le alcancé un billete de doscientos pesos. Nada dijo, pero sí hizo. En un santiamén me haló una pierna y colocó mi zapato deportivo azul sobre su caja de limpiabotas. Era un servicio innecesario, impagado, dispensado no obstante con esmero y que incluyó borrar con agua enjabonada los asomos de suciedad de la suela de goma. Mientras trabajaba, me contó con cara sonriente que a continuación iría a comer. Le pregunté que si al establecimiento de hamburguesas contiguo y me dijo que no, que cerca había un comedor donde por 150 pesos le darían un plato con la bandera dominicana y un pedazo de pollo. También en el polígono central del Santo Domingo acomodado se cuecen habas, perdón, habichuelas. Obviamente que no había probado bocado, que su hambre, como lo evidenciaba su figura esquelética, tenía antecedentes que montaban más de un día.

Muchas veces he sentido envidia de la cultura oriental, imbuida de la mística confuciana sobre el trabajo. En Corea del Sur, por ejemplo, se tiene a menos al vecino que cada mañana se queda en casa y rehusa ganar el pan con el sudor de la frente, como un colega embajador me comentaba hace ya algunos años. Hay una ética que obliga a desplegar el máximo de esfuerzo, que predica la disciplina y asigna valor supremo al trabajo. En Occidente, Max Weber rescató la idea en una obra magistral: La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

El énfasis calvinista en el trabajo duro que analiza el pensador alemán se corresponde, a mi entender, con el legado doctrinario de Confucio. Contrario a quienes profesan que el peso no vale nada y se decantan por la ganancia fácil, aquel chico, de pobreza solo material, me dio una lección de grandeza de espíritu con su manifestación de agradecimiento a través del trabajo. En su ruina material, doscientos pesos constituían un pago exagerado por inflar y desinflar parcialmente cuatro gomas, valerse del truco de utilizar uno de los paños de lustrar el calzado para compatibilizar las válvulas de la manguera del aire y de los neumáticos, amén de soportar la paliza del sol que yo esquivaba. En un gesto de humildad que me sobrecogió profundamente, compensó mi aparente generosidad con más trabajo de su parte. Con sonrisa constante incluida. Con el cepillo despidiendo sin piedad cada pizca de polvo de unos zapatos que hacía años no calzaba.

La fiesta alcanzaba ya etapa de apogeo. De entrada, servicio lento y pedidos insatisfechos. De pronto, un camarero notó nuestros apuros por las gargantas secas y acudió solícito al lugar que compartía con mi mujer y una pareja de amigos. A lo largo de la noche festiva lo hizo una y otra vez, como si alguien le hubiese encomendado nuestro cuidado o sentenciado con la pena capital si se descuidaba y permitía que las copas se quedaran vacías. Me disponía a fumar un puro y, presto, aparecieron un cortador y un mechero. Había muchas más personas que atender, pero el joven, con cara complaciente y destreza, se las arreglaba siempre para retornar y, en mi caso, preguntarme si necesitaba el cortador de cigarros porque vio que mi ejemplar se apagó varias veces. Debo aclarar: no era un puro dominicano de los que de ordinario fumo y cuya calidad me han resaltado más de una vez reyes, nobles, vasallos y plebeyos.

La necesidad, aprendí hace ya mucho, tiene cara de hereje. Aunque el camarero nos atendía con diligencia en la velada matrimonial y de seguro sería bien pagado, opté por pedirle a mi mujer que le pasara discretamente un billete de quinientos pesos. Nos había servido con profesionalidad absoluta y estoy convencido de que no lo animaba ese espíritu mercurial que se advierte en los Estados Unidos, donde la calidad de las atenciones esconde casi siempre la búsqueda de una propina jugosa. Además, era una celebración privada, sin atención al gasto.

Bien entrada la madrugada, sudorosos de tanto bailar, con las burbujas del champán revoloteando en la cabeza y ante la amenaza de otra orquesta más y el consiguiente jolgorio, decidimos escabullirnos antes de que los novios nos convidaran a otra ronda y a mover la colita en la mejor versión de Wilfrido Vargas.

A medio camino de donde nos aguardaba el transporte, nos alcanzó, corriendo, el joven camarero, probablemente más cansado que nosotros.

—Muchas gracias, señores. Fue un placer servirles.

—De nada, agradecidos estamos nosotros.

Y sin más, me extendió una mano que estreché entre sorpresa y satisfacción. Los buenos modales, el agradecimiento, la dignidad y el orgullo por el trabajo bien hecho, no pertenecen a clase alguna.

Y yo que me creía educado, afinados mis modales con los años en la diplomacia y la formación académica.

Hay una ética que obliga a desplegar el máximo de esfuerzo, que predica la disciplina y asigna valor supremo al trabajo. En Occidente, Max Weber rescató la idea en una obra magistral: La ética protestante y el espíritu del capitalismo. El énfasis calvinista en el trabajo duro que analiza el pensador alemán se corresponde, a mi entender, con el legado doctrinario de Confucio.


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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Se ha mudado a la diplomacia, como embajador, pero vuelve a su profesión original cada semana en A decir cosas, en DL.