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Miguel D. Mena, juglar de lectoría

Miguel D. es uno de los intelectuales mejor dotados para la escritura

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Miguel D. Mena, juglar de lectoría

Las omelettes siempre me recuerdan a Naguib Mahfouz, el célebre escritor egipcio, quien religiosamente llegaba a diario a un restorán de medianía del callejón de Midaq, en El Cairo, para desayunar esa tortilla francesa en medio de gente que “no para nunca de criticar, aunque no les sirva de nada”.  El mangú es una delicia original de nuestra gastronomía que no terminan de declararlo patrimonio cultural de la humanidad.

Miguel pide una omelette, con queso y jamón, que la cebolla y el aceite de oliva es parte de su integración racional. Yo me despacho con mi cibaeño mangú que me acompaña desde siempre, junto a los habituales queso y salami fritos, y el huevo, también frito. Lo que no habitúo en mi hogar, donde mi mujer los dispone a la plancha -“cero fritangas en esta casa”- lo reservo para ocasiones como estas. Ambos nos servimos, para apisonar la pitanza, un delicioso chocolate.

He desayunado con Miguel D. Mena para acortar distancias, aunque él ha venido de San Carlos y yo de Los Ríos, y entre tapones y fuñideras de autos y motores en demasía, hemos llegado casi justo a la hora acordada. Las distancias acortadas son las del día-a-día capitalino, que entre los fulgores de una cotidianidad ajustada a cánones impíos y servida a la sartén, tres cuarto, sin guarniciones a la vista, impiden a los amigos de esta ciudad literaria, brutalmente literaria, empecinadamente dominante  y todavía guardando algo de su antigua seducción, juntarse para intercambiar lecturas y afanes, rumiar angustias, celebrar desgarros y ocurrencias, y reírnos, sí, reírnos de sucesos y gavillas, que la agenda no viene en el menú, surge sobre la mesa, con sus azares y sus emotividades, como tanto gustaba decir a Ligia Minaya.

Tenemos meses largos por encontrarnos, pero algo siempre se interpone y zarandea la cita. En verdad no sabemos si la zarandea o la inmoviliza. Lo cierto es que nunca ocurre. Hasta ayer. Entramos al callejón de los milagros, en tensión constante, por la conversación pendiente, por los temas que se abordan, por la risa, el espanto y el goce.  Las personalidades, algunas de las cuales tal vez Miguel habrá combatido en sus escritos, pasan por la mesa y saludan. Son crack de nuestra vida social, cultural, diplomática y política. Influencer que no necesitan de likes porque su paso por la historia reciente tiene otros componentes y otros giros distintos a los reinados de simpatía. Desde otros ángulos, Miguel tampoco busca ni gusta de likes, pero es un crack y un influencer desde el tejido de su propia red.

Hace décadas, cuando don Rafael Herrera era el pontífice mayor de la opinión pública y elevaba o bajaba de sus altares a santos y pecadores, se le ocurrió escribir que Miguel D. Mena, entonces un joven que no llegaba a la veintena, era el futuro alumbrado, el genio embrionario, la sorpresa intelectual de la hora siguiente. No erró el tiro don Rafael. Miguel, Miguelín, Miguelucho, Miguel de, Miguel D., no hizo la carrera advertida en forma lineal. Dio curvasos, construyó el perfil que quiso darle a su andadura, entró en la nómina de las utopías maltrechas, sondeó otras sendas más en consonancia con sus cuitas y reflejos, y terminó siendo lo que es. Eso mismo: futuro alumbrado, entre el genio y la sorpresa, que ilumina, contribuye, sueña, aquí o en Berlín, en La Habana, Madrid o en México, en Buenos Aires o Santiago de Chile, en Santiago de los Caballeros o en Moca, donde tiene honduras de sangre. Y aquí está, frente a mí ahora, o mejor, estoy frente a él, oyendo sus historias (las hay fascinantes, reveladoras y deslumbrantes), escribiendo las sentencias de sus juicios de fondo, haciéndole morisquetas a la vida de cada día, no siempre pródiga, casi nunca generosa, y mostrando lo que puede mostrar: su saber, sus tránsitos, sus escapatorias por el mundo, y por la isla secreta, en busca de un dato, de un texto perdido, de un nombre, digamos por ejemplo, Pedro, digamos por ejemplo René, y tantos, conocidos o desconocidos, cuya obra anda todavía por ahí dispersa, no descubierta, no investigada con rigor, o simplemente guardada y escondida en anaqueles viejos como si parecieran no desear salir a la luz.

Como un sarraceno con su galabiya o con la chilaba de los bereberes, con un lederhosen en pleno Okftoberfest, o con su grande y ancho camisón Conde arriba, Naco abajo, cruzando y desmenuzando aconteceres en el paisaje citadino que le mola un montón, Miguel D. Mena sabe que la cultura es su asidero legal, la literatura una brújula sin curvasos, y la filosofía pedrística un linimento jacobino con el cual fricciona cada hora su capa humana y hasta el alma.

Desde hace muchos años, la diplomacia cultural en vigor, a sus anchas y a su modo, quiso construir una editorial para imprimir sólo lo que le viniese en ganas. Y ganas tenía de mostrar al mundillo local, que a veces le sonríe y otras tantas le burla, y al mundo, esquivo por lo mucho que nos ignoran, los libros y las cuentas de los escritores que fundaron una heredad entre nosotros, al tiempo que intentaba ofertar lo que entendía, y sólo él se entiende a sí mismo en este renglón poco luminoso de las letras criollas allende Madrid, o simplemente más allá del Caribe o el Atlántico que nos rodea como isla sumisa, isla en ficción, isla en peso, que decía Virgilio Piñera, isla constreñida en sus valores difuminados. Lo hizo, lo ha hecho, lo sigue haciendo. Es como una misión, pero sin aspavientos ni cantares sordos, que todo juglar que se respete va en romería surcando mares y abriendo senderos, cribando papeles y encontrando textos destetados a destiempo con sabor de tiempo y de canción. Que el otro René, el texano que la covid nos hurtó, fue también, como él, parte de un colectivo…Y punto.

Miguel D. nos muestra los libros más recientes de su editorial. Nada parece escapársele. Nada pareciera ya impresionarle. Se la ha jugado en varios escenarios y si no sale ganancioso, resuelve de otra manera sin encabritarse. Busca el texto perdido, desconocido, el que aguarda llegar a estos lares donde el amor nunca puede más que el olvido.  Ha relanzado la obra pedrística y da cuenta de que aún no acaba. Es como si Pedro Henríquez Ureña no hubiese terminado nunca de escribir. Pero, no se queda ahí. Reescribe o reedita lo que otros han escrito, con agregados que van llegando. Descubre valores literarios de una diáspora tan copiosa de  creadores que la RD aún desconoce. Se topa con un libro de autor extraño, quiero decir sin conocerse sus haberes por el contorno isleño que habitamos, y lo edita para que se lea acá. Reedita textos viejos para acoplar su ingenio editorial y allegarse unos fonditos -que nunca le permiten hacerse rico- como una especie de San Francisco de Asís sin túnica y sin altares. En fin, Miguelín ha levantado un esfuerzo editorial que, años más tarde, si sobrevive la lectura a las contiendas de la cibernética arropada de locos y rufianes que inventan cada día un nuevo modo de succionar el entendimiento humano, deberá ser recordado en todo su valimento y trascendencia. La obra recogida en las ediciones de Cielonaranja -al principio, modestas y artesanales, ya ahora bastante mejoradas y mejor cuidadas, en ambos casos todas entrando en la categoría de joyas de biblioteca- contienen un valor que nuestras letras y esa bibliografía dominicana tan sólida y sola,  no podrán nunca soslayar, a menos que no se hiera a sí mismo, sin llegar al suicidio.

Miguel D. escribe y nunca, por más que se lo aconsejo, lleva a libro sus escritos propios (más bien evade el tema), siendo él uno de los intelectuales nuestros mejor dotados para la escritura. Nunca se lo he dicho, pero se lo digo ahora: deja fuera las líneas que situaciones personales o ritos humanos tejen desde hace tiempo en la literariedad confundida y tantas veces insultante que nos cerca, y selecciona los muchos temas que has cubierto con tu buena letra y tu buen pensar. Y deja tus papeles en libro que es una exigencia de una bibliografía, la dominicana, que te merece.

Miguel D. me ha traído esta mañana de diciembre, entre atascos y omelettes, los libros que esperaban por mí desde hace rato, como una poética que camina entre sombras, desempeños y citas postergadas. Hemos entrado al callejón de los milagros y aquí nos quedamos hasta que pase el ventarrón del tiempo y sus ocasos. Miguel de Mena es el crack de la mejor edición literaria dominicana. Y sigue siendo el genio -solo que a modo de Aladino- que ilumina un sector a oscuras de la capitaleñidad comprimida. Sin buscar likes. Con su camisón a cuestas. Con sus sueños deslumbradores. Con sus libros iluminadores, como un justo y necesario juglar de lectoría. Tenquiuse, amigo.

LIBROS
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    Miguel D. Mena, Cielonaranja, 2022, 498 págs. Publicado originalmente entre 2000 y 2006, en tres volúmenes. Nueva edición en volumen único y de solo 100 ejemplares. Visiones críticas sobre el espacio urbano de Santo Domingo.
    POÉTICA DE SANTO DOMINGO

    Miguel D. Mena, Cielonaranja, 2022, 498 págs. Publicado originalmente entre 2000 y 2006, en tres volúmenes. Nueva edición en volumen único y de solo 100 ejemplares. Visiones críticas sobre el espacio urbano de Santo Domingo.

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    Miguel D. Mena, AGN, 2007, 421 págs. Experiencia fundacional del Nuevo Mundo. Tesis del autor para optar por el doctorado en el Instituto de América Latina, de la Universidad Libre de Berlín.
    IGLESIA, ESPACIO Y PODER SANTO DOMINGO (1498-1521)

    Miguel D. Mena, AGN, 2007, 421 págs. Experiencia fundacional del Nuevo Mundo. Tesis del autor para optar por el doctorado en el Instituto de América Latina, de la Universidad Libre de Berlín.

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    Miguel D. Mena, Cielonaranja, 2022, 212 págs. De la importante Biblioteca de la Imagen Dominicana editada por Mena, de la que ya van 12 volúmenes.  Edición de solo 5 ejemplares numerados. Joya bibliográfica para coleccionistas.
    COLECCIÓN DE IMÁGENES DOMINICANAS DEL SIGLO XVI AL XIX

    Miguel D. Mena, Cielonaranja, 2022, 212 págs. De la importante Biblioteca de la Imagen Dominicana editada por Mena, de la que ya van 12 volúmenes. Edición de solo 5 ejemplares numerados. Joya bibliográfica para coleccionistas.

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    Pedro Henríquez Ureña, Cielonaranja, 2021, 519 págs. A juicio del editor, la más completa de las publicaciones sobre el tema dominicano de Henríquez Ureña. Su relevante obra en torno a episodios y personalidades de la isla.
    ESCRITOS DOMINICANOS

    Pedro Henríquez Ureña, Cielonaranja, 2021, 519 págs. A juicio del editor, la más completa de las publicaciones sobre el tema dominicano de Henríquez Ureña. Su relevante obra en torno a episodios y personalidades de la isla.

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    Pedro Henríquez Ureña, Cielonaranja, 2021, 145 págs. Las últimas cartas, fotografías y notas que quedaban en poder de Sonia Henríquez viuda Hlito, hija de Pedro Henríquez Ureña, fallecida en junio pasado, a los 96 años, en su casa de Buenos Aires. Solo 100 ejemplares.
    PAPELES EN FAMILIA

    Pedro Henríquez Ureña, Cielonaranja, 2021, 145 págs. Las últimas cartas, fotografías y notas que quedaban en poder de Sonia Henríquez viuda Hlito, hija de Pedro Henríquez Ureña, fallecida en junio pasado, a los 96 años, en su casa de Buenos Aires. Solo 100 ejemplares.

TEMAS -

José Rafael Lantigua, escritor, con más de veinte libros publicados. Fundador de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española. De 2004 a 2012 fue ministro de Cultura.