Una historia grande en pequeño
Hasta el día de hoy, nunca nos han visitado tantos premios Nobel en tan corto período de tiempo

Buscábamos que la aparición de Diario Libre en el verano del 2001 fuese tan novedosa como el medio, el primer gratuito en la historia del periodismo en la República Dominicana. Barajábamos opciones que descartábamos por insatisfactorias. Hasta que en una reunión, Arturo Pellerano y quien escribe presentes, decidimos invitar a un Nobel de la Paz. Marion Pagés y su cuñada Gina Lovatón, nuestra gerente de Mercadeo, tenían las conexiones a través de un familiar y prontamente pudimos asegurar la presencia del legendario dirigente sindical polaco Lech Walessa y del expresidente costarricense Óscar Arias.
Posteriormente se me ocurrió el nombre de Mijail Gorbachov, pero su contratación excedía el presupuesto para los actos de inauguración que incluían una gran cena de gala en el hotel Jaragua con una entrevista televisada en directo que haría yo a los dos invitados internacionales. La información nos puso a saltar: Gorbachov estaba dispuesto a venir a la República Dominicana a cambio de que le cubriésemos unas vacaciones de una semana en el país y arreglásemos el vuelo desde Miami, a donde llegaría proveniente de Alemania.
Cerramos el acuerdo con dos cláusulas importantes: una entrevista grabada exclusiva conmigo, el director fundador del periódico, y que estuviese presente en el lanzamiento formal. A mitad de julio volaba yo en avión privado desde Santo Domingo al aeropuerto internacional de Miami para recoger, acompañado por Pedro Haché, miembro de la primera junta de directores de la empresa, al último presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, protagonista del final de la Guerra Fría con sus políticas de perestroika (reforma) y glasnost (transparencia).
Gorbachov, quien solo hablaba ruso, estaba cansado después del largo viaje desde Frankfurt, me comentó la única hija, Irina Mikhailovna Virganskaya, con 44 años en ese entonces. Los acompañaban una nieta adolescente, Anastasia Virganskaya, y un discreto y fornido guardaespaldas. Apenas dos años atrás, el dirigente político había perdido a su esposa Raisa, víctima de un cáncer. Había leído cuidadosamente cuanto encontré sobre Gorbachov y sabía que aún estaba emocionalmente afectado por la desaparición de alguien a quien quiso entrañablemente. Estudiantes ambos en la Universidad Estatal de Moscú, se casaron en 1953 después de tres años de relación. Esta profesora de filosofía distaba del estereotipo de la mujer rusa y a ella se le atribuye moldear la imagen de Gorbachov que cautivó al Occidente.
Los Gorbachov no querían tratamiento especial alguno y así se lo comunicamos discretamente al entonces presidente Hipólito Mejía, a quien le entusiasmó la visita del VIP internacional y ofreció cuantas facilidades fuesen necesarias. Sin hacer caso a las objeciones, le asignó un Mercedes Benz blindado y una escolta permanente que Gorbachov aceptó a regañadientes, pero a una distancia prudente de la villa que ocupaba con su familia en Casa de Campo.
Una llamada telefónica de Arturo Pellerano me comunicó la preocupación de Hipólito porque Gorbachov nadaba cada día en mar abierto. Poco podíamos hacer. La preocupación mayor nos la produjo la información de que el exdirigente soviético había tenido problemas cardíacos una madrugada y hubo que llevarlo a un centro médico en La Romana. Otra vez el interés y atenciones del expresidente dominicano fueron determinantes: enseguida envió a su cardiólogo personal, el reconocido profesional Víctor Atallah. Pero Gorbachov se resistía a recibir más cuidados hasta que una conversación telefónica mía con Irina salvó la situación. Todos respiramos aliviados una vez descartados males mayores.
Acordamos realizar en la villa la entrevista grabada y que sería difundida diferida por nuestros medios televisivos. Viajé temprano en la mañana a La Romana y al llegar, ya el chileno Mario Núñez, nuestro encargado de audiovisuales, tenía desplegado el equipo técnico y todo estaba a punto. También había llegado la intérprete. Resolví con Irina los últimos puntos y Gorbachov emergió trajeado de una de las habitaciones, descansado y con señales evidentes de que le sentaba bien el sol dominicano. Había preparado cuidadosamente una entrevista para mí única como periodista, pero los problemas con la traducción empañaron el inicio: Gorbachov no se entendía con la intérprete dominicana, graduada en uno de los centros académicos soviéticos, y esta, nerviosa, no atinaba a transmitir correctamente mis preguntas. Obviamos la dificultad con otra intérprete improvisada y la intervención oportuna de Irina, con quien resolvía las dudas en inglés. Por momentos temí que Gorbachov cancelase la entrevista. El malhumor le brotaba a raudales.
Afinada la traducción, le disparé una pregunta sobre el pasado estalinista. Respondió como el político avezado que era, argumentando que pocos conocían la verdad de lo que ocurría en la URSS. “Yo mismo hice mi tesis en la universidad sobre Stalin”, recuerdo vivamente que indicó Gorbachov. Nos despedimos y repasamos una vez más los detalles sobre la inauguración de Diario Libre que se haría de manera simbólica en la casa de Arturo Pellerano, seguida de un cóctel. Todo con un número limitado de invitados, como era el deseo de los Gorbachov.
Nuevamente me correspondió acompañarlo en el regreso a Miami, donde conectaría con otro vuelo. En la terminal privada nos esperaría la seguridad norteamericana y punto final a la visita de Mijail Gorbachov. Habíamos logrado nuestro objetivo de que la aparición de Diario Libre fuese un acontecimiento impactante, difícil de repetir. Hasta el día de hoy, nunca nos han visitado tantos premios Nobel en tan corto período de tiempo. Nunca más lo hará Gorbachov, fallecido a los 91 años en agosto pasado.
En el viaje de regreso tenía enfrente a un Gorbachov relajado y amistoso. Aproveché para romper el hielo de lo que sería una larga conversación en la que participó con entusiasmo, sirviendo su hija Irina como intérprete mientras la nieta, Anastasia, se refugiaba en unos cascos conectados a un equipo portátil reproductor de música que hoy sería una antigualla. Me contó sobre el fallido golpe de Estado contra él en 1991 e intuí de inmediato que Boris Yeltsin no figuraba en su lista de amigos. La intentona le sorprendió en Crimea y en un momento temió lo peor. Le interesaba el periodismo y estaba en gestiones para fundar un periódico en Moscú. Irina aportó detalles adicionales sobre el proyecto y, amablemente, escribió en un papel su dirección y teléfono en la capital rusa para que los contactara si en alguna oportunidad llegaba allí de visita. “Tenemos buenos periodistas amigos y estoy segura de que le interesará conocerlos e intercambiar puntos de vista”, recuerdo que dijo. En algún lugar conservo ese pedazo de papel.
Gorbachov estaba orgulloso de lo que había logrado. Sin embargo, se quejó amargamente de la respuesta norteamericana a los problemas rusos y del giro que habían tomado las relaciones con el presidente George Bush, llegado a la Casa Blanca en enero. Se sentía más cómodo con Ronald Reagan.
Mi papel de anfitrión me impedía abusar del buen estado de ánimo de nuestro invitado. Me ponderó al presidente Mejía y dijo sentirse agradecido por todas las atenciones.
—¿Y cuál de los personajes con los que ha tratado le ha impresionado más?
La respuesta me sorprendió a medias:
—Margaret Thatcher.
Y a seguidas se explayó en un recuento de su interacción con la premier británica, sin omitir la antipatía mutua inicial. Para Gorbachov, el metal de la Dama de Hierro no fue escudo suficiente para impedir una amistad en la que genuinamente creyó.
Había leído cuidadosamente cuanto encontré sobre Gorbachov y sabía que aún estaba emocionalmente afectado por la desaparición de alguien a quien quiso entrañablemente. Estudiantes ambos en la Universidad Estatal de Moscú, se casaron en 1953 después de tres años de relación.

Aníbal de Castro