Modernidad en Juncalito
Una mirada al impacto del wifi en comunidades dominicanas

Le dice Josecito a Miguelito: "Haz el favor, wasapéame cuando lleguen las semillas". "Hay que buscarlas en Foresta", responde Miguelito mientras agarra el celular. "Voy a Juncalito y luego al Caimito", dice y marcha en busca de la camioneta. Sí está claro que los dos campesinos dominicanos no serán personajes de una novela norteamericana.
Se levantan, cargan el celular y textean a Nueva York. Ahora de lo que se trata es de un asunto de botas. Se conecta María con una amiga que va de Colombia a Santiago. En una enramada repleta de platos y amigos comarcanos, otra la espera con un plato típico. Procede a llamarla para preguntarle algo burocrático.
Esto sí ha cambiado. Está claro que la llegada de la modernidad no es sólo nuestra. Hubo un tiempo muy distante en que los seres del pasado, rastreados por autores desde Antón Chéjov a James Joyce, se consideraron modernos. El término modernidad tiene que entenderse en el marco de la evolución de los pueblos. Asimilamos la historia para entender las rutas del presente.
El término modernidad es aplicable a muchas épocas. El historiador contemporáneo mira ahora hacia atrás y se da cuenta de cambios sociales, políticos y económicos que han terminado por dotar a la realidad de lo que, en un plano filosófico ultramoderno, algunos definen como una Matrix de muchas variantes. Adam Smith y Alvin Toffler reposan en un estante de libros de un sobrino extranjero de Josecito.
Con talleres para la construcción de fábulas y realidades, los hombres del medioevo se consideraron alguna vez modernos. Quien mira hacia atrás lo hace con cierto respeto por otros que habitaron esta enorme planicie de autopistas y edificios con wifi, autos eléctricos y robots con inteligencia artificial. Parecemos sacados de una aventura de fábulas históricas o un texto de ciencia ficción de Philip K. Dick, Frederik Pohl o Harlan Ellison.
En los campos dominicanos se da un fenómeno interesante: cerca han construido una iglesia y también ha llegado a la escuela un cable y un wifi muy bueno. La gente puede llegar a tener iPhones traídos en Navidad o en vacaciones por gente de "los países".
"Vivir en los países" resulta una especie de carta o carnet para decir que se está muy lejos, pero a salvo de los problemas del tercer mundo. Millones de los nuestros lo hacen con ánimo laboral y existencial. Y algunos retornan cada final de año.
Comunicar no había sido tan fácil: desde un campo de Jánico se mandan "wasases" a California, Connecticut u Ottawa.
En Jánico ha llegado el wifi y todos se sienten modernos. Sacan la yuca con una coa y entienden ahora lo que significa un algoritmo, palabra empleada en no tan lejanas elecciones.
Josecito mira que la cosecha ha rendido, algo que un habitante del supermercado entiende cuando observa unidades de cebolla en redes coloradas. Será que habrá que comunicarlo a Nueva York, donde esperan que todo esto se incremente. Sucede algo parecido con los financistas que llegan con inversiones ahora bajo el imperio de la ley. Para decirlo con el concepto de Fukuyama en la entrevista que dio a una revista mexicana hace unos años: un país debe regirse por el imperio de la ley para que las inversiones no huyan hacia otros mercados.
"Mándamelo por wasap", dice Josecito.

León de Moya