Año Nuevo, ¿vida nueva?
La celebración del año nuevo como epifanía es uno de esos rituales simbólicos con los que nos damos la subjetiva oportunidad de recomenzar
He olvidado quién moldeó la idea hasta convertirla en teoría, o quizá no lo he sabido nunca y lo que digo a continuación es el sedimento de mis dispersas lecturas: el ser humano es un animal simbólico, necesita del entramado de símbolos que construye incesantemente para sobrevivir y sobrevivirse en el mundo material. Para darle sentido a su vida.
La celebración del año nuevo como epifanía es uno de esos rituales simbólicos con los que nos damos la subjetiva oportunidad de recomenzar. Listamos propósitos, los ordenamos según la jerarquía de su urgencia o importancia, datamos el inicio de su cumplimiento. Es como si la fecha fuera el canal del parto hacia una nueva existencia. Año Nuevo, vida nueva, repite la canción.
Pero el tiempo, como escribiera Agnes Heller, es la irreversibilidad de los acaeceres. Un tiempo lineal en el que se acumulan nuestras experiencias que no podemos cambiar porque ya sucedieron. Saber que no podemos enmendarlas ni hacerlas desaparecer cuando nos clavan el aguijón en la conciencia, la angustia que nos depara saberlo, necesita de esta ilusoria ruptura que comienza cuando las manecillas del reloj se detienen por un instante imperceptible entre una fecha y otra. En ese momento liminal en el que abrazamos a los otros y les deseamos abundancia de bienes, y recibimos de ellos la compensación de igual ternura e idénticos deseos.
A partir de ese instante, a veces solo por el lapso del sueño, sentimos que hemos clausurado un ciclo y que podemos volver al principio, o por lo menos intentarlo. Es una especie de purificación que permite (re)encontrarnos con un yo más placentero a nuestros propios ojos. Teñimos de esperanza el tiempo que comienza y sobre él proyectamos nuestra necesidad de evitar aquello que en el año dejado atrás resultó perturbador.
Es también el momento en que, con mayor e ingenuo entusiasmo, nos sentimos universales. El calendario nos une. Las celebraciones en todo el mundo, transmitidas al instante por los medios de comunicación audiovisuales, nos imbuyen de una idea de comunidad que, mientras dura, dota la fecha de un sentido que nos iguala. Como si volviéramos a la infancia y habitáramos simultáneamente todas las latitudes, nos deslumbran las campanadas en la madrileña Puerta del Sol o los fuegos artificiales sobre la Ópera de Sidney, y nos encandila que sucedan en un momento que para nosotros, en esta media isla, por ejemplo, es todavía futuro.
Hay quienes, en el marco teórico de Heller, interpretan este rito como una rebelión contra la finitud de la vida. Contra el desgaste que, en su transcurrir, provoca el tiempo en nosotros. De ahí la parafernalia que acompaña las fiestas; espantapájaros con el que buscamos alejar nuestra inevitable decadencia. Si el tiempo vuelve a su inicio, nosotros lo hacemos con él en una tranquilizante simbiosis.
Pero no solo nuestras vidas individuales participan del rito. Aquí y más allá, también lo hace el país-pueblo abstracto al que el discurso político prodiga en estos días toda suerte de parabienes. Un país-pueblo imaginario y asocial invitado al optimismo y a la confianza en una guerra narrativa en la que los opuestos se dan tregua. Pero esto es harina de otro costal.

Clotilde Parra
Clotilde Parra