Patagonia: la escala, el polvo, el agua que falta, el viento que embiste
La escala de la Patagonia como desafío a la modernidad y el gobierno

Puerto Madryn es la entrada marítima a la inmensidad de la Patagonia argentina. Carece de arco de bienvenida o algún gesto monumental. Solo un muelle funcional, ventoso, casi austero, desde el cual comienza una experiencia que obliga a revisar cualquier noción previa de escala. El Atlántico Sur se abre ancho, frío, sin promesas, y apenas uno se interna tierra adentro el territorio empieza a hablar con una voz propia, grave y persistente.
La estepa se extiende como una frase larga, sin pausas. Miles de kilómetros salpicados de coirón, neneo, mata negra y jarilla, vegetación baja, espinosa, defensiva, que no embellece el paisaje sino que lo sostiene. La adaptación reemplazó la exuberancia y el ornamento. La naturaleza convirtió la resistencia en una forma de habitar. Colinas perdidas en una ilusión de cercanía –las bardas, como las llaman los argentinos– promontorios rocosos que interrumpen la llanura y le devuelven relieve a la monotonía horizontal.
Donde nace Chubut
El suelo aparece disciplinado por cercas interminables que no buscan domesticar la geografía, sino apenas administrarla. Marcan la propiedad de ranchos extensísimos –unidades territoriales más que fincas– y cumplen también una función silenciosa: contener a los verdaderos habitantes del lugar. Corderos, ovejas, guanacos, llamas. En número y diversidad, superan con holgura a los humanos. Ni medida ni centro, aquí el hombre es un ocupante más, tolerado por la vastedad.
La provincia de Chubut, bautizada por el río del mismo nombre, se extiende sobre 224,686 kilómetros cuadrados. La cifra informa y descoloca. Es una de las provincias más grandes de la Argentina y podría albergar siete veces la superficie de la República Dominicana. Es casi el doble de grande que Inglaterra y apenas más pequeña que todo el Reino Unido. Es la mitad de España, pero supera a Uruguay.
El dato ayuda a entender por qué, en Chubut, la noción de distancia, presencia estatal, provisión de servicios y densidad humana funciona con una lógica radicalmente distinta a la europea o dominicana. Allí donde el Reino Unido concentra historia, población e infraestructura en un espacio relativamente compacto, Chubut dispersa todo eso en una vastedad que obliga a repensar qué significa gobernar, habitar y producir.
En la Patagonia, la escala funciona como una regla del juego. El espacio ordena la vida humana, la limita y la pone a prueba. La vastedad exige un aprendizaje lento. La distancia se atraviesa como quien cruza un estado de ánimo, y en ese tránsito el territorio termina por imponer su propio ritmo.
El tiempo deja de responder al reloj. Se estira, se vuelve kilómetros, se vuelve espera. Gobernar, producir o simplemente habitar Chubut implica aceptar que el espacio manda, que el tiempo se dilata y que la densidad –humana, económica, política– nunca alcanza para domesticar del todo la extensión.
La riqueza invisible
En esta provincia, el viento, el río, la estepa y el subsuelo son actores. Determinan qué se puede sembrar, qué se puede extraer, dónde se puede vivir y hasta qué punto la modernidad logra arraigarse. Chubut no se deja resumir en cifras, pero las cifras ayudan a entender por qué, aquí, la geografía se parece tanto al destino.
En este territorio de proporciones desmedidas, la riqueza no siempre es visible. La bauxita –o, más exactamente, su transformación– es uno de los pilares silenciosos de la economía provincial. En Puerto Madryn opera la única planta de aluminio primario de la Argentina, un complejo industrial que produce cientos de miles de toneladas anuales y depende de un suministro energético constante para sostener un proceso tan moderno como exigente. Un muelle del puerto está dedicado casi exclusivamente a la exportación de alúmina, base del aluminio que viaja al mundo como promesa industrial, mientras el viento sigue barriendo el paisaje con la misma indiferencia de siempre. La Patagonia produce sin exhibirse; exporta sin explicarse.
Ese mismo viento, durante décadas percibido como exceso o incomodidad, encontró en Chubut una traducción productiva. La estepa patagónica –especialmente el corredor que une Trelew, Rawson y Puerto Madryn– concentra hoy algunos de los parques eólicos más productivos de la Argentina, con factores de carga excepcionalmente altos, que alcanzan en varios casos entre un 57 % y un 60 %. El dato es técnico, pero su significado es sencillo. Aquí el viento trabaja casi todo el tiempo.
Esa eficiencia se expresa con claridad en el Parque Eólico Madryn, uno de los mayores del país, con una potencia instalada superior a los 222 megavatios, suficiente para abastecer a más de 330,000 hogares. Las torres se alzan sobre la estepa como una prolongación natural del paisaje: altas, repetidas, rítmicas. Transforman en energía lo mismo que durante siglos fue solo insistencia climática. En Chubut, el territorio ofrece lo que tiene –aire, espacio, constancia– y lo convierte en electricidad.

El agua y la otra riqueza
Más hacia el interior, la riqueza adopta una forma más antigua y silenciosa: la lana. La provincia es una de las columnas vertebrales de la producción lanera argentina. Millones de ovinos pueblan la estepa y producen una fibra fina –merino, en su mayoría– que se exporta casi en su totalidad. Durante décadas fue el "oro blanco" de la Patagonia, sostén de estancias, pueblos y rutas que hoy parecen desmesuradas para la densidad humana que las habita. La oveja, más que animal, fue durante mucho tiempo unidad económica, reloj productivo, medida del territorio.
Nada de esto sería posible sin el agua. Y el agua, aquí, es excepción. El río Chubut nace en los Andes, en una zona de nieves y deshielos, y recorre más de ochocientos kilómetros antes de entregarse al Atlántico Sur, cerca de Rawson. En su trayecto crea un milagro discreto: un valle fértil en medio de un territorio que, sin él, sería casi inhabitable. Desde hace más de un siglo, sus aguas son canalizadas para regar tierras negadas al agua potable, suelos donde los acuíferos son salinos y solo los animales –adaptados a la escasez– pueden beber sin consecuencias.
El río riega cultivos, sostiene poblaciones, memorias y proyectos. A su vera se asentaron los galeses, llegados en 1865 no por azar ni por aventura romántica, sino por una decisión política y cultural: preservar su lengua, su fe y su identidad frente a la asimilación británica. Buscaron un lugar remoto, duro, casi vacío de Estado, donde pudieran seguir siendo lo que eran. Encontraron el valle, el río y la necesidad de cooperar con la naturaleza antes que imponerle condiciones.
Fundaron Gaiman, Rawson y Trelew. Construyeron canales de riego, capillas, escuelas, cooperativas. Domesticaron el agua, no la tierra. Su colonización fue austera, comunitaria, disciplinada. Aprendieron a quedarse porque desistieron del imposible de conquistar la Patagonia. Por eso la tradición galesa persiste aquí con una terquedad que rivaliza con el viento que embiste, que se impone. Es una presencia física, sonora, constante, que levanta polvo, borra huellas y erosiona certezas. La tradición, como la vegetación, sobrevive solo si se adapta. Aquí, incluso la identidad aprendió a ser resiliente.
La distancia, siempre protagonista
Una señal en un cruce avisa que la autopista, en su ramal sur, se vincula a Comodoro Rivadavia, a otros mil doscientos kilómetros. Buenos Aires, al norte, otros tantos. La cifra se repite como un mantra geográfico. Comodoro es la ciudad más grande de la provincia y su principal polo petrolero. Allí la Patagonia deja de ser paisaje y se convierte en infraestructura. El subsuelo manda, y el viento –como siempre– acompaña.
Viajar por Chubut es entender que la modernidad aquí no llega en capas sucesivas, sino en enclaves: un puerto industrial, una colonia cultural, una ciudad petrolera, un valle irrigado, parques eólicos extendidos sobre la estepa. Todo separado por extensiones que no admiten relleno. No hay continuidad urbana ni densidad tranquilizadora. Hay islas humanas en un océano de tierra.
Esa discontinuidad moldea el carácter. En la Patagonia, la prisa y el exceso retórico no son invitados. Bienvenidos son la mesura, el cálculo, la austeridad emocional que contrasta con geografías más densas. Aquí el Estado se siente lejano y la naturaleza inmediata. El discurso político parece siempre insuficiente frente al horizonte aunque estén presentes los partidos políticos en locales desiertos.
Puerto Madryn, tanto como infraestructura, es una advertencia geográfica. Un recordatorio de que hay territorios donde la escala manda, donde el agua decide, donde la riqueza no garantiza bienestar inmediato y donde la modernidad, por más que llegue, lo hace siempre pidiendo permiso.

Aníbal de Castro