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Un mundo sin reglas

El lenguaje de la fuerza desplaza a la soberanía en el caso venezolano

No me compungiré por Nicolás Maduro, el gobernante autoritario que durante los últimos once años acercó a Venezuela al abismo socioeconómico. Siete millones de migrantes económicos y unas omnipotentes estructuras represivas lo testimonian. Solo en la retórica de una izquierda incapaz de sustituir las consignas por el pensamiento crítico, el régimen que encabezara Maduro es calificado de revolucionario y merece ser defendido.

Patrimonialista, el chavismo–madurismo fue (es), una red de militares, burócratas y empresarios que se apropió del Estado para administrarlo como botín, como certeramente apunta Andrés Izarra en un análisis de la Venezuela posterior al 3 de enero.

Me compunjo, en cambio, por el destino de un continente reconvertido en patrio trasero de un poder imperial desatado encabezado por un delirante sin escrúpulos. Lo que aconteció el pasado fin de semana en Caracas no fue solo el apresamiento de Maduro. Fue la puesta en marcha de una nueva manera de los Estados Unidos hacerse con las riendas de países débiles, como los latinoamericanos, para apropiarse de sus recursos y determinar sus rumbos políticos y sociales.

Lo ha dicho Trump en ese lenguaje repulsivo que es el suyo: «el dominio de Estados Unidos en América Latina no será cuestionado nunca más». Lo teoriza en una reciente entrevista Sthepen Miller, subjefe de Gabinete de Política y asesor de seguridad nacional trumpista: «Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder».

Y cuando hombres como Trump y Miller ponen la fuerza y el poder en escena, el protagonista es siempre el gran capital. Por eso, antes de que Maduro llegara a la cárcel de Brooklyn, Trump anticipaba ganancias astronómicas para las empresas petroleras norteamericanas, calificando la nacionalización, que data de 1976, como «el mayor robo histórico» cometido contra Estados Unidos. Su declaración, cargada con el pronombre posesivo «nuestro», es clara demostración de que, para él, la independencia y soberanía de terceros Estados es simple papel mojado. Sutilezas internacionales prescindibles, como dijo Miller.

Trump, beneficiado por la cobarde inacción de otras potencias mundiales esperando su propio turno, nos ha conducido a un mundo sin reglas, en el que todo vale si lo hacen los fuertes. Puede decir, sin consecuencia alguna, que él manda en una Venezuela en la que falta Maduro, pero la estructura de su régimen sigue intacta porque conviene a sus estrategias e intereses y, si le creemos pese a su inveterada propensión a la mentira, porque la dirigencia sobreviviente está dispuesta a la sumisión. La retórica antiimperialista y anticolonialista sería solo un subterfugio transaccional.

Por decisión de Trump, no habrá elecciones libres y competitivas por mucho tiempo, ni democracia —sea esto lo que signifique— ni presos políticos liberados, ni reorganización estatal tendente a reconstruir el Estado de derecho. María Corina Machado, desolado perico en la estaca, no es la víctima de un ego volátil; es la prueba de que al imperio trumpista le importa un bledo todo lo que no se traduzca en ganancias y, como complemento, en imposición de su poderío. Prueba también de que entre truhanes todas las cartas del juego están marcadas.

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.