Delcy Rodríguez y su vestido
Pese a su tono moralista, el discurso sobre el vestido de Rodríguez nada tuvo de inocente
Venezuela, y con ella América Latina, asiste en estos días a la resucitación de la Doctrina Monroe, ahora bajo un nuevo apelativo: Doctrina Donroe. El decimonónico eufemismo «América para los americanos», designio imperialista de los Estados Unidos camuflado de defensa de las independencias continentales, es hoy descarnada agresividad injerencista.
Una foto del 5 de enero, en la que el perpetrador no aparece, radiografía la nueva realidad venezolana: Delcy Rodríguez, avanza a la sede legislativa para ser juramentada presidenta interina cercada por Diosdado Cabello, ministro de Interior, y Vladimir Padrino, ministro de Defensa, las dos figuras más influyentes del chavismo. Detrás, una figura secundaria pero no por ello menos connotativa: Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente depuesto y apresado por un comando norteamericano en su refugio caraqueño.
En suma, la foto de un poder que, pese a la ausencia del líder, permanece incólume. Mensaje que no es necesario decodificar porque es explícito: la puesta en marcha de un proceso transaccional en el que todos esperan ganar: permanencia, los herederos del chavismo-madurismo; petróleo, el perpetrador tutelar afincado en Washington. Trueque en el que solo pierden la democracia y la justicia.
Pero por complicidad político-ideológica implícita o banalidad manifiesta, el foco de atención fue puesto en el vestido verde menta de Delcy Rodríguez, comprado, presumiblemente, en una web de capital portugués que comercializa «bienes de lujo». Lo que aquella fotografía en verdad revelaba pasó a segundo plano, si es que ocupó alguno en el torrente impugnador de la opción vestimentaria.
Pese a su tono moralista, el discurso sobre el vestido de Rodríguez nada tuvo de inocente. Desde luego, la moda no lo es. Forma parte del lenguaje político y del poder social y económico. El reciente libro de Michelle Obama sobre cómo convirtió la moda en arma ejemplifica uno de sus usos fuera del glamur de las socialités modelizado por las revistas rosa.
Al hacerla una con el lujo de Farfetch, los críticos, mayoritariamente de derecha, no descalificaban a Rodríguez; la convertían, sobrepasándola, en epítome de la «hipocresía izquierdista», de la falsedad y corrupción de la propuesta social progresista.
No hubo nota periodística o comentario mediático que no destacara el elitismo de la empresa en la que el vestido habría sido adquirido. Se hurgó en el precio, y no pocas veces se lo exageró (llegó a hablarse de catorce mil dólares) para un mayor efecto emocional colectivo. La derecha no perdería esta oportunidad de vituperar a sus odiados progresistas.
En el imaginario público, el vestido fue desmontado de un maniquí en un atelier de alta costura, al que solo acceden los ultrarricos. En ninguna nota, por lo menos que yo leyera, se dijo que Farfetch también intermedia la venta de ropa fuera de inventario y de segunda mano, quizá porque el dato arriesgaba a que el nodo semántico (lujo) perdiera fuerza manipuladora.
Pudiera pensarse también, y es otro ángulo no desdeñable, que a las críticas a Rodríguez subyace la proclividad —disimulada en este caso— de juzgar a las mujeres por su físico, por lo que visten o por su sexualidad, no por lo que son o piensan. Pero esta es harina del costal del sexismo que nos intoxica. No de este.

Clotilde Parra
Clotilde Parra