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Las calles de la tregua en el Montevideo veraniego

Cuando el amor es una revelación en una ciudad que no cambia

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Las calles de la tregua en el Montevideo veraniego
Calles sin promesa, el paisaje urbano de la rutina en Benedetti. (GENERADA CON IA)

En pleno verano austral recorro —a contrapelo del clima— las calles de Montevideo en busca de Martín Santomé y Laura Avellaneda. Mejor dicho, corrijo, persigo los trazos de su caminar amoroso, quizá apasionado, que terminó en drama. Camino sabiendo que no los encontraré. Nunca existieron, salvo en la imaginación de Mario Benedetti, que los hizo vivir en La tregua. Pero conozco ciudades que, aun así, conservan algo de sus personajes, o al menos la ilusión de que uno puede reconocerlos en un gesto ajeno, en una silueta que cruza, en un hombre que camina con la cabeza ligeramente inclinada, como si fuera haciendo cuentas con el tiempo.

Existe el Centro, por supuesto, esa condensación urbana donde Benedetti sitúa con frecuencia a sus criaturas. Mi incursión por Montevideo me conduce pronto hacia algo esencial: la ciudad apenas aparece en la novela. Hay nombres de calles, sí, pero una sola descripción, áspera por cierto, de la Plaza Matriz y sus entornos, catedral incluida. Montevideo aparece sin revelarse, sin reclamar la mirada y limitado a sostener la vida.

En verdad, la capital uruguaya no entra en La tregua con estrépito ni se impone como un personaje que pida atención. Está ahí como están las cosas que uno cree conocer del todo: una calle repetida, una esquina sin sorpresa, una avenida que se cruza sin levantar la vista. Ese es el Montevideo de Benedetti, una urbe de fondo, de contraportada, escrita para ser vivida. Sin embargo, pocas novelas latinoamericanas han quedado tan íntimamente asociadas a una ciudad concreta como La tregua.

La insuficiencia de Montevideo

A Montevideo le falta amarre turístico, atractivo pintoresco. La rambla dista de una postal de atardeceres enfáticos. Las calles se repiten como los días en el diario de Martín Santomé. Calles que no prometen nada. Calles que, precisamente por eso, son el escenario perfecto para que ocurra lo improbable. Solo en un mundo donde todo parece previsible puede un gesto mínimo adquirir la forma de una revelación.

La avenida 18 de Julio surge como las cosas inevitables: sin fanfarria, sin adjetivos, casi sin énfasis. Es el eje por el que se entra y se sale del día. Por allí se camina hacia la oficina, se vuelve a casa, se cruza la ciudad como ocurre con una edad. Santomé atraviesa la 18 de Julio y en esa travesía cotidiana está cifrada toda una ética de la rutina. El hombre que anota su vida en un cuaderno no necesita decirnos cómo es la avenida. Le basta con nombrarla para que entendamos que el tiempo, el suyo, se administra.

Sobresale algo profundamente moderno en esa renuncia al paisaje. Benedetti escribe desde una ciudad donde la hazaña ya no es posible porque la contemplación ha sido sustituida por el horario. Montevideo es, en La tregua, una ciudad de empleados. Explica por qué la novela adopta la forma de un diario, género que no sirve para cantar glorias, sino para contar días.

La imposición de lo rutinario

Santomé escribe sin la pretensión de comprender al mundo y se conforma con llevarlo en orden. El cuaderno dobla como una extensión de la oficina, una suerte de archivo íntimo. Igual que en los registros contables con los que brega, cada entrada es una manera de comprobar que el día ha pasado y que él ha cumplido con su parte. En esa escritura hay algo más administrativo que confesional. Hasta que aparece Avellaneda y la anotación empieza, imperceptiblemente, a desviarse.

Calles como Colonia, Misiones o Andes pierden valor como referencias espaciales y lo ganan ventajosamente como extensiones del gesto. Son trayectos, no destinos. Calles laterales que acompañan la marcha sin obstaculizar. Colonia es la ruta que se toma porque hay que llegar; Misiones y Andes, las del encuentro sin pensar. Otra es esa frontera blanda entre zonas que no cambian demasiado entre sí. Son calles que no se recuerdan, pero que sostienen la memoria. Como los días que Santomé no distingue, pero que, sumados, forman su vida.

Ese Montevideo gris —no triste, sino contenido— es el que hace posible la tregua. Solo en una ciudad donde nada parece extraordinario puede el amor adquirir la forma de un acontecimiento. Avellaneda entra en escena como alguien nuevo en una oficina vieja.  No se escuchan violines ni trompetas ufanas. Sin embargo, basta ese gesto mínimo para que algo empiece a desplazarse. Las mismas calles se vuelven otras sin cambiar, tan solo porque quien las camina ya no es el mismo.

Un trozo relevante en el paisaje urbano

La Ciudad Vieja introduce una inflexión. Allí el ritmo se desacelera, las calles se estrechan, el tiempo parece menos tiránico. Convención —hoy Juan Carlos Gómez— es, más que una calle, un modo distinto de estar en la ciudad. No es casual que algunos paseos con Avellaneda se desplacen hacia ese Montevideo más antiguo, menos funcional. Allí la ciudad deja de ser únicamente un sistema de circulación y se permite, por momentos, ser un lugar. Hoy en día, empero, la Ciudad Vieja ha desistido de su relevancia como trozo histórico.  Se ha refugiado en la indolencia, el abandono y la desolación, distinto al albergue físico y emocional de Benedetti cuando escribió su obra, en 1960, durante las horas de su almuerzo cuando trabajaba en una inmobiliaria.

Benedetti fue demasiado honesto para convertir la Ciudad Vieja en refugio romántico. Le cambió el pulso pero no osó idealizarla. Frente al centro administrativo, ese otro Montevideo ofrece un espacio donde el diálogo es posible, donde caminar es desplazarse y demorarse. En esa demora mínima se abre la tregua.

Lo notable es que, incluso en los momentos de felicidad, Montevideo no se transforma en un decorado luminoso. La ciudad sigue siendo la misma, apenas "una rebanada de cotidianidad" para Santomé. El detalle es decisivo: La tregua no cuenta la historia de un hombre que huye de su ciudad, sino de quien aprende, tardíamente, a habitarla de otro modo.

La realidad contemporánea

Uruguay es, en muchos sentidos, un país sin vocación de grandeza urbana, pese a que casi la mitad de su población se concentra en su capital. Montevideo no está pensado para deslumbrar, sino para durar, y ha delegado el brillo en Punta del Este. Esa cualidad —la duración sin énfasis— arropa la novela. La ciudad acompaña sin exigencia protagónica, como si supiera que lo esencial ocurre en otro plano: el de una conciencia que se despierta tarde.

Hay ciudades que se reinventan, pero Montevideo se conforma con persistir en términos físicos y en su modo de estar en el mundo. Esa persistencia casi inmóvil resulta el escenario ideal para una historia donde el acontecimiento es una alteración íntima, breve, frágil.

El centro de Montevideo, con sus oficinas y cafés impersonales, funciona como una maquinaria moral. Allí se aprende a no esperar demasiado. Allí se envejece con corrección. Benedetti no critica ese mundo con furia: lo observa con una melancolía que es casi gratitud. Santomé se siente parte del sistema, y por eso, el amor aparece como regalo inmerecido. La tregua es una concesión, algo que ocurre a pesar del orden de las cosas, no gracias a él. Una suspensión momentánea del peso del hábito.

Cuando la tregua termina —porque siempre termina— las calles no se rebelan ni se oscurecen. Siguen ahí, cumpliendo su función. Ese, a mi entender, es uno de los gestos más crueles y más verdaderos de la novela: que la ciudad no acompañe el duelo. No hay correlato patético. Montevideo no se solidariza con el dolor de Santomé. La vida urbana continúa, como las avenidas y los horarios. El hombre queda solo con su pérdida en medio de una disposición inalterable.

Sin embargo, la novela alcanza su mayor hondura en ese trecho. Ese Montevideo de contraportada —ese que no reclama protagonismo— permite leer La tregua como una historia universal. Las calles podrían llamarse de otro modo. Podrían estar en cualquier ciudad latinoamericana donde la vida se parezca más a una suma de días que a una promesa. Pero Benedetti elige Montevideo porque sabe que esa ciudad, con su modestia y su grisura, no compite con los personajes.

La capital uruguaya es en esta novela tan solo una condición. El lugar donde uno aprende a no pedir demasiado y, por eso mismo, donde cualquier exceso de felicidad resulta insoportable de tan intenso. Antes que escenario, las calles son hábitos que revelan su peso cuando se quiebran.

Tal vez sea esa la razón que convierte La tregua en lectura inmune a los calendarios y que se lea como a los diarios ajenos: con una cercanía hostil. Todos hemos caminado alguna vez por una 18 de Julio personal. Todos conocemos calles que no nos dicen nada hasta que, de pronto, nos lo dicen todo. Benedetti entendió que la literatura no necesita grandes paisajes para ser profunda; le basta con una ciudad discreta y un hombre que se atreva a escribir lo que siente.

Montevideo, al final, no es el tema de La tregua. Es su tono, bajo, contenido, que rehúye el énfasis y desconfía de la grandilocuencia. Un tono que, como la ciudad misma, parece decirnos que la vida no siempre se justifica, pero a veces —solo a veces— concede una tregua.

Eso, en medio de calles que no prometen nada, es suficiente para escribir una novela inolvidable.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.