Beats en la cueva y pesca en la Bahía de Luperón
Un viaje por el mar del norte y por las profundas cuevas del territorio dominicano

Uno
Hace ya bastante, en el Recinto Santo Tomás de Aquino, una persona llevaba en sus alforjas —modernas para la época— nada más y nada menos que una iguana, que aterrizaba sobre las mesas de la biblioteca. Nunca le pregunté dónde había conseguido el espécimen. No recuerdo ahora si, en mi viaje a la Cueva de las Maravillas, con su clima ideal para ello, apareció una iguana del mismo tamaño que aquella.
Lo cierto es que recordé el clásico libro cubano Cuevas y Carsos, ya perdido. Un libro publicado en 1984 por la Editora Militar; los autores fueron Antonio Núñez Jiménez, Nicasio Viña Bayes, Manuel Acevedo González, José Mateo Rodríguez, Manuel Iturralde Vinent y Ángel Graña González. En este texto aparecía un completo prontuario de las cuevas encontradas en la isla de Cuba. En la web aparecen las siguientes definiciones:
"Las cuevas y el carso forman un paisaje geológico único, creado por la disolución de rocas solubles (caliza, dolomía, yeso) por acción del agua, caracterizado por drenaje subterráneo, dolinas, mogotes y cavidades subterráneas. Las cuevas son espacios huecos naturales, mientras que el carso es el relieve superficial y subterráneo formado por este proceso."
En ese libro se destacaba este hábitat, que nos parece repetirse en la Guácara Taína. Las dos cuevas, la de la Maravilla y la Guácara, se parecen y, como sabemos, esta última se usó durante mucho tiempo como discoteca. Los beats no dañaban, por arte de magia, las estalactitas ni la estructura natural, soportando altos decibeles al ritmo de Rhythm Is a Dancer (Snap, 1992). Según Miz Hit:
«Esta canción alterna el canto femenino en el coro con fluidos raps masculinos negros en los versos. Estos están teñidos con una sonoridad resonante, lo que les da una suavidad asombrosamente melancólica para un éxito de baile. Eso le da a toda la pista un color particular, casi nostálgico.»
En otras discotecas, Neón entre ellas, sonaba Crystal Waters (Gypsy Woman, 100% Pure Love). Era otra época: todo el mundo encontraba qué hacer los sábados, y los días comunes estaban atiborrados de béisbol de las Grandes Ligas, entre apuestas y líneas de Las Vegas, intentando descifrar quiénes ganarían y quiénes marcarían más carreras. Colorado a más era la apuesta más repetida.
Dos
Como aseguran los pescadores de la Bahía de Luperón, navegar puede ser peligroso. Una embarcación sólida puede reducir el riesgo, pero no eliminarlo. Hace varios años tuve la oportunidad de entrevistar a un pescador que se hacía a la mar muy temprano en la mañana. Su tarea era importante: pescar lo necesario para venderlo después.
Sin temor, se hacía a la mar con un grupo de amigos. No era un viaje de placer, sino de sobrevivencia: pescar lo justo, aunque tuviera que sumergirse y usar un arpón. A la tarde regresaban, cargados de pescado para la venta. Me contaba que, con el tema de las vedas, la policía los interrogaba, a veces de manera muy dura, para saber qué habían pescado. Ellos no tomaban lo prohibido, aunque cayera en sus redes. Era un arte antiguo: devolver al mar ciertos peces y destacar por pescar lo necesario para alimentar a varias familias.
En nuestro aterrizaje en la playa quedó claro que varios pescadores salían al mar a partir de las seis y media de la madrugada. Con el tiempo los perdí de vista; no volví a Samaná para preguntar cómo había ido la pesca.
Hace poco me enviaron un video de pesca en el norte del país. Los bucaneros también podrían intentar pescar, pero ese no es el tema. Quiero traer la atención al peligro de aventurarse mar adentro.
Son expertos estos amigos: tiran el hilo de sus cañas con destreza, lo que permite capturar algún espécimen de la zona. En el video, una barracuda fue capturada en minutos de lucha intensa, hasta que cayó en la embarcación. Una proeza que merece ser relatada, tanto en fines como en métodos.
Tres
Parece que me circulan en las venas aquellas narraciones sobre el mar, como Jaws, de Peter Benchley, de 1973. Hay cierta conexión con Samuel Taylor Coleridge y su famosa Balada del viejo marinero, especialmente en la concepción del océano como un lugar legendario y aterrador, donde casi todo puede ocurrir. Entre los anaqueles, también estaba The Godfather, de Mario Puzo, otra novela entrañable.
Mi amigo me contaba que su vara no picó, pero la barracuda fue sacada por él, como honor y destreza. La noche anterior habían cocinado juntos en la embarcación; no pregunté si la barracuda terminaría en siu plato. Todo había sido emocionante: otro navegante acompañaba el proceso con amabilidad, y la experiencia podía repetirse.
En una travesía importante, la embarcación había venido de Miami hasta mares dominicanos. Saludamos que esta nave llegara con sus amigables navegantes. Ha sido toda una aventura que podría ser motivo para un libro completo, por ejemplo. ¡Buen fin de semana!

León de Moya