Transformar datos en acción
La doble moral que esconde la violencia contra la niñez
Si hay algo que no está en discusión —aunque debería discutirse— es nuestra doble moral social. El discurso sobre la sacralidad de la familia, personal y público, convive sin sonrojarse con una violencia intrafamiliar devastadora. Víctimas principales: mujeres, niñas y niños. Las estadísticas nos hablan de esa basura mantenida bajo la alfombra para poder sostener el espejismo de nuestros «cristianos valores familiares».
No hablemos de la violencia de género, que es mucha y, con frecuencia, extrema. Hagámoslo hoy de las violencias —así, en plural, como corresponde— contra los niños y las niñas. De cuando en vez, una nota periodística nos recuerda que existen. Rápidamente, pasamos la página sin conmovernos. No es nuestro problema, nos decimos con esa apatía que es caldo de cultivo de nuestras peores perversiones colectivas.
Pero hay que insistir en poner el tema sobre la mesa. En desnudar la falsía del discurso que solo defiende la vida cuando satisface las pulsiones controladoras del cuerpo de las mujeres. Las estadísticas ayudan a imaginar la dimensión del problema y, siempre que haya sensibilidad y voluntad estatal, facilitan adoptar políticas públicas coherentes y efectivas para enfrentarlo.
Este último es el propósito de la recién creada Red Nacional de Investigación sobre Violencia contra la Niñez y la Adolescencia, cuyo acto fundacional ocurrió esta semana. No es un grupo de diletantes académicos. Tienen claro, como se desprende de las intervenciones, que la evidencia solo será útil si le siguen decisiones gubernamentales de protección.
Desde luego, hacer descender el abuso al mínimo necesita algo más que políticas públicas. Precisa un cambio de cultura que destierre la intolerancia y el placer de ensañarse contra los débiles, señas de nuestra identidad social. Cambiar el chip, como se dice en el lenguaje coloquial.
Pero quedémonos en el campo de las estadísticas. Como refrescó en la memoria la naciente red, 212 niños, niñas y adolescentes fueron víctimas de homicidios intencionales entre 2018 y 2022. De ellos, 33 en el 2022. Los hay de todas las edades, aunque lo que importa es su rasgo común: ser personas dependientes, vulnerables e indefensas.
Hay otra violencia que no anula vida material de los infantes, pero sí la psíquica y emocional. Cotidiana en esa piedra de sacrificios que es la familia, se arroga la calidad de derecho disciplinario. Recordemos la discusión sobre el tema en la Cámara de Diputados con ocasión de la reforma del Código Penal. Pues bien, los datos dicen que el 63 % de los menores de catorce años ha sufrido violencia y que — ¡oh, amor parental! — esta violencia llega al 70 % entre los que tienen entre tres y cuatro años. Falta actualizar la cifra de víctimas de violencia sexual, que en 2021 representaban el 29 % del total de víctimas de este delito.
Repitámoslo: se necesitan más políticas —las leyes existen— que se esfuercen en revertir la cultura del abuso contra la niñez y la adolescencia. Como también se necesita acompañar las estadísticas —punta del iceberg del drama— con estudios que nos ayuden a desmontar el decorado de «familia feliz», tan caro a los cultivadores de la hipocresía. Solo así avanzaremos en el camino.

Clotilde Parra
Clotilde Parra