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Partido, programa y poder

Cuando el programa de gobierno es solo un documento que duerme en el archivo

Para que una maquinaria política alcance el poder, se conjugan diversos factores, unos objetivos y otros subjetivos. Se registra la ocurrencia de hechos fortuitos, empujados por fuerzas invisibles que inciden en la meta, sin que ningún esfuerzo humano lo pueda detener. Por ejemplo, el crimen de las hermanas Mirabal en 1959 precipitó la decisión de ajusticiar al tirano y derrocar el régimen. 

Ignorar los elementos que inciden en la conquista del poder, que es desde donde se pueden hacer las transformaciones que exige una sociedad, suele llevar a una organización a desviarse de sus propósitos fundacionales. 

Una de las herramientas esenciales que ayuda a la organización para alzarse con el poder, es contar con plataformas discursivas eficaces que plasmen los objetivos programáticos de un ejercicio de gobierno cuyo gabinete ejecutor tenga los pies sobre la tierra, consciente de que siempre habrá gente despistada.

Aunque en República Dominicana, los partidos políticos convierten el programa de gobierno en un mero documento que duerme –como morfeo– el sueño eterno en los archivos, cuando no sirve de pieza retórica para los compañeros presumir de un país idílico, lo cierto es que ese documento debe ser hoja de ruta para el éxito. 

En los núcleos humanos de estos países donde la improvisación es esencia del quehacer nacional, en tanto la yaroa un plato gourmet, el programa de gobierno resulta indispensable, porque es la brújula de una administración y el punto de partida para la planificación. Levantarse sin saber cuál es la tarea a corto, mediano y largo plazo es como el pasajero colocado en cubierta de un barco a la deriva. 

Si se cuenta con plan de navegación, un buen capitán y ejecución de los fundamentos, el liderazgo tendrá sosiego para pensar, por ejemplo, en no permitir que el partido, la maquinaria que les llevó al poder, sucumba en un letargo orgánico, porque sus cuadros y militantes están extasiados en zonas de confort de sus nuevos empleos. 

Es la enfermedad por la que atraviesan los partidos políticos después que acceden a dirigir la administración pública en los últimos 40 años. Las metas se diluyen entre la improvisación y el clientelismo, por la ausencia de un núcleo central de líderes enfocado en las tareas gubernamentales, mientras otros estarían atendiendo el quehacer de la maquinaria política

El ejercicio del poder sin propósito convierte el liderazgo en simple instrumento del día a día. La agenda es trazada por lo que traiga el amanecer del nuevo día, de modo que concluyen los cuatro años sin una impronta, lo que no significa que a lo cotidiano se le ignore. 

Un partido es referente no por lo que diga que hizo, sino por lo hecho. Para lograrlo es vital un programa realista, con una eficaz ejecución, monitoreo y mucha creatividad para que las políticas públicas se conecten con las realidades de los electores. 

Una organización amodorrada en el poder, tiene un solo camino: que la saquen. Nadie vota por un partido que denota falta de empatía, cuando no indiferencia o fatiga.

La gente tiene que percibir que hay preocupación genuina por sus problemas, no que un hombre lucha titánicamente, aparentemente solo, con los demonios del poder, con ayudas contadas. Siempre habrá espacio para la reflexión y la recomposición. 

Cuando los equipos políticos dejan de actuar como cuerpo, unidos, en una sola dirección y con propósitos comunes, la debacle está cerca, sino preguntaros al PLD.

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