Hacia una confederación dominico-haitiana
Historia de los intentos federativos en el Caribe decimonónico
Se atribuye a Ramón Emeterio Betances(1827-1898), eminente médico y prócer puertorriqueño, haber sido pionero en la idea de una confederación antillana que unificara a Cuba, República Dominicana y Puerto Rico con el fin de asegurar su independencia e identidad nacionales. De esa manera, los tres países conformarían una suerte de bloque regional similar al proyecto federativo de La Gran Colombia concebido por Simón Bolívar.
En efecto, Betances -destacado masón, activista revolucionario y principal ideólogo del Grito de Lares, propugnó en 1872 la unión de los pueblos del Caribe, al tiempo que enunció el siguiente manifiesto:
"Las Antillas atraviesan hoy por un momento que jamás han atravesado en la historia: se les plantea ahora la cuestión de ser o no ser. ¡Unámonos! ¡Amémonos! Formemos todos un solo pueblo; un pueblo de verdaderos masones, y entonces podremos elevar un templo sobre bases tan sólidas, que todas las fuerzas de la raza sajona y de la española reunidas no podrán sacudirlo; templo que dedicaremos a la Independencia, y en cuyo frontispicio grabaremos esta inscripción imperecedera como la Patria, que nos dictan a la vez nuestra ambición y nuestro corazón; la más generosa inteligencia y el más egoísta instinto de conservación: "Las Antillas para los antillanos".
Esa espléndida fórmula de una Confederación Antillana fue secundada por insignes próceres del nacionalismo caribeño, como Gregorio Luperón, Eugenio María de Hostos y José Martí, entre otros. Conviene subrayar que antes de que surgiera la tesis sobre la unidad antillana, y de que Betances acuñara su grito de guerra -remedo del lema "América para los americanos" derivado de la Doctrina Monroe-, en Haití se formuló una propuesta para concertar una Confederación dominico-haitiana.
Refiere el historiador Frank Moya Pons que, en época del emperador Faustino Soulouque, los dirigentes y militares haitianos se convencieron de que no les sería posible unificar manu militari a los pueblos dominicano y haitiano; y que fue a raíz de esa circunstancia cuando se adoptó una política diferente para -por la vía de la diplomacia- lograr la tan ansiada "unidad nacional". Esa nueva política exterior consistió en la mencionada confederación dominico-haitiana que permitiría contrarrestar -como bloque regional- futuros ataques provenientes de potencias extranjeras interesadas en restablecer la esclavitud y en ejercer su dominio sobre la isla entera. (Ver "La independencia de Haití y Santo Domingo" en Historia de América Latina, compilada por Leslie Bethel, Editorial Crítica, tomo 5, 1991).
De conformidad con la nueva modalidad, el emperador Soulouque envió a Santo Domingo al señor Máximo Raybaud, anterior cónsul de Francia en Haití, con la misión de convencer a la administración del general Pedro Santana sobre la conveniencia de suscribir un acuerdo para unificar los dos Estados bajo el manto de una confederación naturalmente controlada por Haití.
El presidente Santana -añade Moya Pons- consideró ofensiva la propuesta haitiana, no se molestó en responderla y consideró al señor Raybaud persona non grata, exigiéndole abandonar el territorio nacional. Sin embargo, la gestión del emisario haitiano alimentó en Santana y su grupo social el temor respecto de que Soulouque ciertamente planificaba otra campaña militar hacia la parte del este.
Por fortuna, en 1859 cambió la coyuntura política en Haití, sobrevino un gobierno liberal y republicano que replanteó la cuestión de la guerra y optó por una tregua temporal, aun cuando, en paralelo al viejo tema de la "unidad nacional", se continuó con el proyecto de la confederación dominico-haitiana.

Juan Daniel Balcácer