¿Quién merece estar en el Panteón de la Patria?
Reflexiones históricas sobre los héroes y villanos del Panteón de la Patria
A propósito de recientes debates en torno a si los restos de Pedro Santana merecen o no descansar en el Panteón de la Patria, conviene traer a colación una de las tantas anécdotas de Ulises Heureaux (Lilís), aquél férreo dictador de finales del siglo XIX que tenía un profundo conocimiento de la sicología del dominicano.
El hecho que evocamos sucedió en octubre de 1886, luego de concluida la llamada "revolución de Moya". En junio de ese año fueron celebradas elecciones para escoger al presidente y vicepresidente de la República. Por un lado, se presentó la candidatura de Casimiro de Moya y Francisco Gregorio Billini; y, por el otro, la de Ulises Heureaux y Segundo Imbert.
El binomio Moya-Billini contaba con las simpatías de la mayoría del electorado, cosa de la que Lilís se percató a tiempo y, ni corto ni perezoso, gestionó y obtuvo el apoyo de Gregorio Luperón, entonces aliado y protegido suyo.
Ese "período pre-electoral -según el historiador Campillo Pérez- fue el más agitado y convulso que hasta entonces había conocido el pueblo dominicano". Los partidarios de Moya consideraban segura la victoria, mientras que Lilís se ocupó de que su maquinaria política hiciera todo cuanto fuera posible para evitar, como en efecto sucedió, el triunfo de sus adversarios.
Después de una incontable sucesión de sobornos y marrullerías, la fórmula Lilís-Imbert resultó ganadora; y la reacción de los partidarios de Moya y Billini, convencidos de que se había producido un escandaloso fraude, fue tomar el camino de las armas. El movimiento armado, que duró tres meses, estalló en el Cibao, principalmente en La Vega, de donde era oriundo Casimiro de Moya.
Al principio, "la revolución de Moya" -como se conoció el alzamiento- cobró inusitado auge y todo parecía favorecer a los moyistas, lo que preocupó al gobierno de Alejandro Woss y Gil, quien designó al propio Lilís como jefe de operaciones militares con instrucciones de sofocar la revuelta, cosa que en parte fue posible debido a la astucia de Heureaux y al prestigio de Luperón. "Craso error de Luperón que con esa actitud selló su propia suerte. El soborno hizo más estragos que las balas y Heureaux pudo con el dinero conquistar a muchos insurrectos y provocar la traición de algunos pilares del movimiento..." (Julio Campillo Pérez, Elecciones dominicanas. Contribución a su estudio, 1978).
Con razón, la sabiduría popular comentaba sottovoce que la revolución que Lilís no ganó a base de plomo, la conquistó con dinero. En el entretanto, a Moya y algunos de sus principales adeptos no les quedó otro camino que el exilio.
Pero fue al finalizar el conflicto armado que las tropas del gobierno, bajo el mando del general José Caminero, apresaron en La Vega a numerosos moyistas, entre los que había varios soldados azuanos que esperaban ser pasados por las armas.
Cuando Lilís felicitó a Caminero por el triunfo, este aprovechó y le informó que se proponía dar un ejemplo fusilando al grupo de azuanos que tenía presos, porque durante la refriega final, incluso cuando la derrota era inminente, vociferaban: ¡Viva Báez!
Tras escuchar atentamente a su subalterno, Lilís le respondió: "¡No, general, no haga eso! ¡Recuerde que a la hora del peligro cada cual invoca al santo de su devoción!
Y, ciertamente, como en nuestro país todos somos devotos de algún santo, procede examinar el tema que encabeza este artículo.
Juan Daniel Balcácer