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Lengua y patria

Resistencia lingüística en tiempos de neocolonialismo

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Lengua y patria
El lenguaje construye nuestro sentido de pertenencia, despreciar la lengua propia en favor de una influencia externa constituye un acto de sumisión política y una renuncia a la propia historia. (SHUTTERSTOCKDI)

Tantos son los años transcurridos que su exactitud se pierde en mi memoria. Un día de ellos, un gentil anciano se ofreció a abrir la puerta del apartamento en cuya cerradura era yo incapaz de hacer girar la llave. Era Praga por primera vez, y mi juventud estaba deslumbrada. De alguna manera, que tampoco recuerdo en sus detalles, me preguntó por mi lengua y respondí: «español». Hoy resuenan en mis oídos sus palabras: «¡Ah!, el idioma de los ángeles».

Revivo mis emociones. El placer de escuchar la expresión de aprecio por mi lengua. La disipación de la torva vergüenza por mi monolingüismo. El espontáneo orgullo de sentirme reconocida por aquel hombre como parte de una colectividad cultural con nombre propio. En ese momento, que antes había sido de embarazo, no pude pedir más.

«La lengua es mi patria», han repetido incontables poetas y escritores, a veces taxativamente, a veces con matices. Otras, como lo hiciera Emile Cioran, para despojarla de su territorialidad: «La patria es la lengua en la que se escribe». Sin embargo, autoexiliado rumano en París, que hizo fortuna intelectual escribiendo en francés, él recuperó su lengua materna en sus años postreros. 

En un artículo de 2005 en Letras Libres, que guardo desde entonces, Norman Manea, también rumano, recrea la confesión de Cioran a Fernando Savater: «El francés no le viene a mi temperamento. Necesito un lenguaje salvaje, ebrio». Necesitaba el rumano, su porfiada patria de pertenencia.

Fernando Ferrán cita a Pedro Henríquez Ureña en un ensayo publicado en Pleamar: «América no debe ser simple eco de Europa: ha de buscar en sí su expresión»; frase que el autor interpreta como estímulo del filólogo criollo a buscar una dominicanidad que sea también lingüística y espiritual. Un país —infiere— que comience a reconocerse a través del otro y del lenguaje.

Porque la lengua no es solo el medio natural de comunicación humana. No es mero código común inteligible en un territorio. Ni tesis favorita del discurso sobre la nación conservadora y atávica. Es memoria, intersubjetividad e identidad. Y al ser estas cosas, es también patria.

A través de la lengua percibimos y pensamos el mundo. Definimos su horizonte y sus límites. Amamos y odiamos con sus palabras, ninguna inocente. Pero precisamente por discernirlo, elegimos las que nos hacen ser quienes somos, y no otros. Con ellas construimos nuestro ethos personal y colectivo. Con ellas escribimos la historia para darle permanencia y sentido a la memoria.

Sabemos que la lengua está atravesada por tensiones y conflictos, perseguida por la policía de la norma cuando se insubordina, usada como mecanismo de opresión y exclusión social. No por azar los antiguos imperios impusieron la suya a sangre y fuego en los territorios invadidos y conquistados, y los poderes actuales la manipulan. Pero la lengua es, a la vez, terca resistencia de los pueblos a la borradura histórica, y en estos tiempos de neocolonialismo, es más que nunca reafirmación identitaria en nuestros lares. 

Reír como gracia que la maldiga un angloparlante procaz, léxicamente indigente, alienado en su delirio imperial, es, por tanto, un acto de sumisión política. No divertimiento episódico, sino abdicación del origen y de una historia y una cultura tejidas con las palabras de la lengua maldecida.

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.