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Lo que dice una foto

Crónica de una sociedad que expulsa el saber y abraza el menudeo

La silla plástica, el botellón y la motocicleta del delivery son, en la fotografía, algo más que escena cotidiana en una ciudad incoherente. A menos de un metro por encima, una placa en bronce, que ya no significa nada, condenada a desaparecer. En conjunto, metáfora del alejamiento vertiginoso de la sociedad dominicana de la complejidad del pensamiento.

La nota periodística sobre la sustitución de la librería La Trinitaria por un colmado aparecida en Diario Libre, no es nostálgica. Quizá lamento contenido de la rebeldía que se sabe inútil, y, aun así, testimonia. La ciudad expulsa el saber y se acomoda al menudeo material y espiritual de quienes la habitan.

Hace doce años, el Ministerio de Cultura publicó una encuesta sobre consumo cultural que, en buena medida, el Banco Central replicó en 2024. Ambas, sesgadas por la vaguedad de las categorías incluidas. Ninguna preguntó por la lectura

Basada en la de 2014, la más reciente desagrega población en los ítems protagonistas de la demoscopía. Ausente la interpretación y acumulados los porcentajes, una se atreve a pensar que es aprensión a develar la metástasis de nuestro desapego a cuanto vaya más allá de la superficie de la vida.

Cierto, el libro no es un artefacto, y quizá por esto los encuestadores eludieron inscribirlo en la lista de «equipos relacionados con la cultura» en la que sí aparecen la antena parabólica y el teléfono celular. Condescendencia aparte, la exclusión no es lapsus; es dato de lo que, en este siglo XXI atravesado de incertidumbres, se considera imprescindible «para ser». A diferencia de la relativa exhaustividad de esta lista, cuando se habla de libros comprados en librerías, en el genérico están los de texto: un 12 % del total del universo. Abarcado septiembre, mes posterior al inicio del año escolar, el dato se esclarece.

En su libro Leer contra la nada, Antonio Basanta cita la respuesta de C.S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia, a la pregunta de un alumno sobre por qué leemos: «Para saber que no estamos solos». Se ha dicho tanto que, injustamente, suena a tópico: el libro nos acompaña, nos abre mundos y horizontes. Leer es una manera de ser y estar en la vida, como escribe Basanta.

Pero cuidado. Leer es eso y es más. Es también un acto político. Te construye como sujeto. Aprendes a pensar críticamente porque eres capaz de contrastar modos de interpretar la realidad. Te prepara para digerir la información que recibes y te inmuniza contra el virus de la ignorancia. Esa ignorancia que, por ejemplo, convierte lo producido en el interior de un edificio rojo en epítome de lo máximo a que podemos aspirar como sociedad y como individuos.

Banalizada (¿vulgarizada?) la vida, todo se achata. El conflicto y las tensiones sociales desaparecen y, desentendidos de lo público, nos volvemos cada vez más manipulables y amorfos. Incapaces de hacernos cargo de manera reflexiva de los problemas sociales y políticos, nuestras decisiones quedan en manos de terceros que deciden por nosotros. Creemos en lo que nos dicen porque carecemos de toda otra fuente.

Quienes resisten reconocer el problema saldrán en legión a calificar despectivamente de «culturoso» a quien piense y diga como aquí se escribe. En realidad, riesgo del oficio de pensar. Y de amor por los libros.


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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.