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Las cartas de Santo Domingo

La ciudad de Santo Domingo no deja de crecer hacia arriba, algo que no ocurría varias décadas atrás

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Las cartas de Santo Domingo
Santo Domingo es un organismo vivo, vibrante y misterioso que, a pesar de sus desórdenes citadinos, mantiene una personalidad única y un constante crecimiento hacia adentro. (FUENTE EXTERNA)

La ciudad comenzó a sentirse única en los tiempos de Bartolomé Colón, en 1496, cuando fue fundada con el nombre de Nueva Isabela en honor a la reina de España, Isabel I. En 1502, fue azotada por un huracán y fue reconstruida por el nuevo gobernador, Nicolás de Ovando.

Destaquemos varios hechos de toda la historia de Santo Domingo: la toma de Francis Drake en 1586 (exigió un rescate de 25,000 ducados), la llegada infructuosa de Penn y Venables en 1655 con 4,000 soldados y 34 buques, la cesión a Francia en 1795 mediante el Tratado de Basilea (22 de julio), la Independencia en 1844, la Anexión a España en el 61, la Restauración de la República en 1863 y el ciclón de San Zenón en 1930.

Como los historiadores nos han contado, fue ocupada por rebeldes haitianos en 1801, recuperada por Francia en 1802 y nuevamente recuperada por España en 1809. En 1821, la ciudad se convierte en la capital del Estado Independiente del Haití Español. Dos meses más tarde, fue ocupada por Haití. Luego de concientizarnos, logramos independizarnos en 1844.

Mucho tiempo después, la ciudad de Santo Domingo se transforma ante nuestros ojos. Se nos aparece como una ciudad cuasi moderna, que ha aprendido a administrar sus dificultades: tapones, desorden citadino y más tapones. Algunos urbanistas me hablarán del caos. Alguien me dirá: "Es cierto que en algunos sitios hay caos, pero en sentido general nos las arreglamos".

Observadores de una realidad que traza el devenir de los acontecimientos históricos, los ciudadanos ya saben dónde está todo: es como si las plazas, los restaurantes y los edificios hubieran sido captados por una larga foto. Los habitantes intentan no perderse en una copa de ciudad madura, efervescente y misteriosa. Se intuye y se vive en noches de intenso vino y merodeos.

Como no ocurría en los noventa del pasado siglo, hoy tenemos cientos de edificios altos. Desde las torres más modernas podemos verlos y, a la larga, es como otras ciudades de Latinoamérica. La ciudad se ha transformado de una manera obvia: crece y crece más hacia arriba, erizada de torres y de pirámides, como en una memorable página de Jorge Luis Borges, que imaginó, en una tarde del siglo XX, la nefanda ciudad de los Inmortales.

Como hubiera instituido Pedro Mir, "como una adolescente pateada en las caderas", Santo Domingo vive a su modo y manera. La intuimos como si se tratara de entender un poco más el comportamiento de un lugar de ámbitos inesperados. Concebida para que los hombres se perdieran, en el texto de Borges está claro que la ciudad termina en una versión caótica: los muros que no terminan en ninguna parte, las escaleras invertidas y las cúpulas irredentas. En el caso de la nuestra, como nos aseguran los encargados y como es fácil ver a toda ciencia, la ciudad está viva. Y, en comparación con otras, tiene su propia personalidad.

Como les he recalcado a algunas personas, la ciudad espera una metamorfosis adecuada. Como un organismo viviente, es como si respirara y se moviera en todos sus bordes y límites. Alguien me dirá que el malecón espera nuevas experiencias, que no nos basta con saberlo único. "Es un malecón bonito y con todos los powers pero no hemos visto el primer concierto en su zona, lo que es un desperdicio del sitio", me dice alguien. Pienso de manera afable en la Miami de Carolyn Klepser, en el Morro de Puerto Rico y en una Habana que hoy pide Patria y Vida. Lo que necesitamos es inversión, me dirían algunos.

De una manera que no escapa a la comprensión arquitectónica, es como si hubiéramos inventado la ciudad. Los enólogos del hotel han entendido que, luego de tomar una copa, se saldrá a investigar un entorno laudable. Un viajero que hubiera visitado el país en los ochenta estaría impresionado con el progreso del entorno.

En cada vericueto colonial, me parece que la noche nos surca como si se tratara de una investigación lejana en tiempos de las invasiones haitianas. Lo demás se le deja a una inspección por esos fast food que terminan por ser analizados luego del Airbnb que me ha permitido conocer un apartamento ultramoderno

Lo que ocurre en acicaladas noches, es la vieja enseñanza de una ciudad que se puebla de misterios: Santo Domingo crece hacia adentro y se convierte en receptáculo para los más diversos especímenes. Me encuentro con un amigo de hace 40 años en un supermercado y me dice que ahora se dedica, entre otras cosas, a correr en motores. Todo se convierte en vínculo. Era realmente un personaje de literatura.

Mirándome a los ojos como quien busca una edición perdida, este termina por decir mi nombre como si hubiera rescatado una vieja memoria. Nos reímos y nos intercambiamos los teléfonos, al tiempo que esa chica me mira. Me dice que ahora es cuando esto empieza. Es temprano en la noche.

En una perspectiva clásica, la ciudad ha sido vista como si se tratara de un poema en los libros de Tomás Hernández Franco que me acaban de regalar en la tarde. Es como si la enseñanza estuviera vestida de conocimientos que otros entienden, un bel far niente que me espera a la vuelta de la esquina. Sí, Santo Domingo ha cambiado.

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El autor es mercadólogo, escritor y melómano nacido en 1974.