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¿Nueva sucursal del Kremlin?

El dilema de la libertad y el orden en el discurso de Balaguer de 1961

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¿Nueva sucursal del Kremlin?
Dr. Joaquín Balaguer. (FUENTE EXTERNA)

El presidente Balaguer, en su gran actuación oratoria ante la Asamblea General de la ONU el 2 de octubre de 1961, desplegó dos vertientes clave de su pensamiento y estilo: la dramatización de la escena analizada enfatizando el riesgo de caer en la anarquía y el comunismo; y la reivindicación de las primacías históricas de Santo Domingo que la blasonaban Cuna de América y ágora de la doctrina de los derechos humanos.

Chocando al auditorio con cláusulas cortas, el orador lanzaba en tono premonitorio: "No son éstas, simples advertencias ni vanas palabras. Nuestro país es hoy una incógnita y su futuro está cercado de enigmas. Lo que allí se halla en gestación no puede ser previsto ni analizado. Un pueblo sometido durante 31 años a una de las más férreas dictaduras conocidas en la edad contemporánea busca con ansiedad el camino hacia su redención definitiva. Pero numerosos factores conspiran contra este propósito en medio de una situación particularmente difícil y compleja. El instinto de las masas que quieren libertad, que la confunden con la licencia y la anarquía, tropieza con tres décadas de barbarie política.

Las condiciones precarias en que se desenvuelve nuestra estabilidad política se agravan con la penuria económica que, en nuestro país, como en otras partes, es el gran estimulante de las crisis sociales. El ambiente entero está lleno de elementos explosivos y de fermentos revolucionarios. Se trata de un pueblo que, como los países latinoamericanos, se halla arrastrado por una irrefrenable afición política y que aspira a una vida mejor sin tener una noción clara del camino a elegir para realizar su destino.

Una clase media oprimida, inteligente y ambiciosa, muchos de cuyos miembros han ascendido penosamente por el duro camino de la educación universitaria y cuyos deseos de superación se ven frustrados por la falta de oportunidades de empleo o de un ejercicio remunerativo de sus actividades profesionales, se pronuncia enérgicamente contra la miseria y la injusticia económica. Pero adolece de la misma desorientación de que son víctimas las masas trabajadoras.

Agréguese a ese cuadro doméstico dramático que la población crece en proporciones asombrosas y que no hay ocupación adecuada para cerca de medio millón de obreros, profesionales, estudiantes y agricultores frustrados que emigran hacia la ciudad atraídos por el espejismo de sus fauces engañosas.

¿Una nueva sucursal del Kremlin? Toda esa descomposición social, política y económica, herencia de una dictadura eminentemente constructiva que en sus últimos tiempos se vio minada por las defecciones internas y el desgaste físico, puede ser aprovechada por el comunismo para crear una nueva sucursal del Kremlin en los Balcanes americanos.

Los partidos y las tendencias políticas de oposición se han inclinado a una demagogia intemperante, la cual ha sido hasta ahora incapaz de elaborar un programa y de obedecer a los postulados de una acción constructiva. Y la fragilidad misma del poder político, sacudido por la amenaza constante del motín y de los golpes de estado, crean allí una psicología especial que prepara la isla entera para una erupción casi inevitable.

Sobre esa materia fácilmente inflamable, modelada durante 30 años sobre un concepto totalitario de la economía, de la vida humana, de las relaciones sociales y políticas, se mueven los agitadores profesionales. Muchos de ellos formados técnicamente en otras latitudes, cuya misión no consiste necesariamente en tomar el poder para sí, sino en impedir que ningún poder se consolide y que ninguna democracia genuina prospere dentro de un orden cristiano y una organización realmente jurídica del Estado.

Es preciso que América observe lo que hoy ocurre en la República Dominicana; es menester que el fenómeno político que allí se desarrolla se contemple con verdadero sentido de objetividad, si es que se desea impedir que una nueva lanza comunista penetre por aquel costado del Caribe hasta el corazón mismo de América. De esta América nuestra que debe tener presente que por ese mar tormentoso al que Humboldt comparaba con un Mediterráneo de muchas bocas, es por donde llegarán a nuestras playas los nuevos bárbaros, enemigos irreconciliables de la democracia americana."

Cuna de América

"He ocupado tal vez, en la explicación del caso dominicano, más tiempo del que merece nuestro país si sus intereses y conflictos se comparan con los problemas que las Naciones Unidas están llamadas a examinar y resolver en la presente Asamblea. Pero es evidente que la República Dominicana debe interesar no sólo a América sino también a esta misma organización mundial que tuvo en cierto modo su cuna en aquella diminuta porción del continente americano. América nos es deudora de incontables tesoros espirituales.

En la vieja Universidad de Santo Domingo de Guzmán, la más antigua del Nuevo Mundo, se formaron los primeros humanistas que existieron en América. Desde el primer rector de la Universidad de Caracas, fundada en 1725 y el primer rector de la Universidad de La Habana, establecida en 1728, hasta los héroes de la conquista espiritual del continente. Los hijos del obispo Ramírez de Fuenleal, fundador del primer colegio americano en que se enseñó Gramática latina y los continuadores de la tradición humanística de Alejandro Geraldini, que escribió recién llegado a La Española una oda en versos clásicos a la primera ciudad del Nuevo Mundo.

Pero de lo que más podemos enorgullecernos los dominicanos no es de nuestros servicios a la causa del espíritu y de nuestra vieja Universidad, llena de blasones históricos y símbolo de los resplandores inmortales que proyectan las antorchas de la cultura sobre la cabeza de las razas.

Más alto que esos títulos, se halla la gloria de haber servido nuestro país como escenario del hecho crucial de donde arranca la idea misma de las Naciones Unidas, que nace desde que se abre paso en la conciencia universal la concepción más importante de los tiempos modernos: la de la libertad del hombre. Fue precisamente en la primogénita de las hijas de España, en el viejo solar de Santo Domingo de La Española, donde se discutió por primera vez en la Tierra el tremendo problema de la libertad del ser humano, que es la mayor conquista y el hecho político de mayor significación en el curso de los primeros 20 siglos de la era cristiana.

El autor de esa hazaña, más grande que la del propio Genio Navegante que derribó con la quilla de sus naves las Columnas de Hércules y que disipó con la luz de su descubrimiento las tinieblas de la mar tenebrosa, fue un humilde fraile, autor del famoso Sermón de Adviento que debía servir más tarde a Francisco de Victoria, el Sócrates español, para incorporar al derecho internacional público el concepto fundamental sobre el carácter intangible de las prerrogativas inherentes a la persona humana.

Ese misionero se llamó fray Pedro de Córdoba y su llegada a la isla de Santo Domingo tiene para la historia de América una significación comparable a la del arribo de San Pablo a la ciudad de Atenas, cuando los ídolos se desplomaron al paso del Apóstol de las Gentes, y cuando los brazos de la cruz, extendidos sobre el pecho de aquel campeón de la fraternidad humana, se abrieron ante la expectativa universal para ofrecer a los hombres de buena voluntad no sólo la posesión de la Tierra sino también la conquista del cielo y el imperio de la esperanza infinita.

Fue en Santo Domingo donde nació la doctrina que sirve de base a esta organización mundial, porque fue allí donde por primera vez se afirmó, por boca de un ilustre precursor de los grandes teólogos españoles del Renacimiento, el derecho de todo hombre, inclusive del aborigen de América todavía al margen de la civilización, a disfrutar de prerrogativas que se juzgaron desde entonces superiores a toda razón de Estado.

Con esas afirmaciones solemnemente proclamadas desde la cátedra del Espíritu Santo, en una ermita ignorada de la isla Española, se inició la más trascendental controversia de la historia, fallada pero no resuelta todavía, porque el drama de la humanidad contemporánea, el drama de las Naciones Unidas, se reduce en el fondo a una lucha entre el derecho del hombre a gozar de plena libertad en el ejercicio de sus facultades fundamentales, según la concepción cristiana de los destinos del ser humano, y la tendencia de los poderes totalitarios que pugnan por sojuzgarlo en nombre de la razón política y de las conveniencias sociales.

La organización internacional de entonces, todavía dominada por el espíritu de la Edad Media, con su anacrónica concepción de la diarquía que separa al mundo entre dos potestades, el pontificado y el imperio, empezó a transformarse fundamentalmente bajo la influencia del humilde fraile español que inició en Santo Domingo la cruzada en favor de la libertad de la raza indígena y que enriqueció desde entonces la ciencia del derecho con una nueva concepción idealista y teológica de la unidad de la familia humana.

Ahora, séame permitido evocar la obra de la palabra de aquellos humildes misioneros de la vieja isla La Española, para que las Naciones Unidas, guiadas por el ejemplo de ese grupo de religiosos a quienes corresponde el honor de haber sido los primeros civilizadores del continente, continúen en la búsqueda de la concordia universal, fortalecidas por la fe en Dios e inspiradas en el hermoso mito de la fraternidad humana.

Varios siglos más tarde, en su proclama del 1ro de enero de 1863, a los 87 años de la independencia de los Estados Unidos de América, una figura apostólica que es símbolo de igualdad entre los hombres y de las libertades públicas, Abraham Lincoln, condenó la violencia, proclamó la reconciliación entre sus compatriotas e invocó también como suprema piedra de toque de todos los conflictos humanos, el recto juicio de la humanidad y la gracia de Dios todopoderoso.

Que aquel alto ejemplo y estas palabras apostólicas guíen a esta Asamblea General, para que la nave de la paz, anclada hoy en las riberas del Hudson, pueda llegar a todos los puertos y a todos los continentes, donde los pueblos la esperan con el mensaje que hará reverdecer en el corazón del mundo esta flor hoy deshojada y marchita: la esperanza."

Así hablaba Balaguer, encandilador de las masas con su verba culta, asustador de las élites con sus imprecaciones apocalípticas.

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José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.